14 julio 2007

Mountain Bike... (Imagen tomada por Fabiano Goldoni, de Brasil)

Una deporte que amenaza volverse una tradición en Sierra de la Ventana: el Mountain bike... La toma, en esta ocasión, es obra de Fabiano Goldoni, de Brasil.


Fitito... (Imagen tomada por Gabriela)


Villa Ventana. Un "bolita" rojo desafía el blanco y negro serrano. La fotografía es gentileza de Gabriela.

06 julio 2007

Viento y ocaso (Imagen tomada por Clara y Tomás Riccomagno, de Buenos Aires)

Estancia Funke... El viento que saluda otro ocaso. Esta impactante fotografía es obra y gentileza de Tomás y Clara Riccomagno.

05 julio 2007

De alas y pétalos (Imagen tomada por Pablo Damonte)

Sol en la tierra. Zumbidos de polen compartido... La imagen es gentileza del fotógrafo Pablo Damonte, radicado en Galicia, España.

Puente blanco (Imagen tomada por Victoria Fernández, de Merlo)


Última curva previa... Puente blanco. La entrada a Sierra de la Ventana ya es un sueño despierto. La foto, obra y gentileza de Victoria Fernández.

30 junio 2007

Río tranquilo (Imagen tomada por Marcelo Braz, de Buenos Aires)


La mansedumbre del agua... al acecho de la tormenta. Seducción de caballos espejados. La fotografía es gentileza de Marcelo Braz.

La goleada en Saldunga (Por Patricio Eleisegui)

Año 1989, si la memoria no me traiciona. Por aquel entonces, poder jugar al fútbol durante la clase de educación física era una auténtica utopía. No sólo que nos veíamos obligados a practicar deportes insípidos como el softbol (juego al que todavía, voy a decirlo, no le encontré la gracia) sino que nuestras maestras de, por entonces, 6º grado de la primaria no entendían que lo único que pasa por la cabeza de un chico a los 11 años es patear una pelota.

Muy por el contrario, desde Ana Bellabarba, directora de la Escuela Nº 6 Juan Bautista Alberdi, hasta maestras como Kuky Aiello o Celia Pohle no entendían que lo mejor de la vida era mandar a guardar un centro “a la olla” o pegarle un puntinazo a la bola de trapo (más precisamente, de medias viejas, -prendas cedidas gentilmente por Ariel Scarfi, que tiraba los penales a fundir-) para poner el 1-0 un segundo antes del timbre que ordenaba volver a clases.

Así estábamos, penando por la censura futbolística, hasta que un día apareció de la nada un petizo retacón (pelado adelante pero con melena a lo “Comitas” atrás) que se ofreció para hacernos correr un poco en gimnasia y, de paso, nos permitió acariciar con nuestros empeines ásperos de patear medias de toalla un hermoso “fobal” número 5: Ramoncito Ramírez. Uno de los panaderos de “Switzerland”.

Pocos días después, Ramoncito hizo un anuncio que todavía hoy recuerdo como uno de los desafíos más difíciles –y, por eso mismo, atractivo– de afrontar. “Chicos, júntense... Miren, hay posibilidades de que juguemos un partido contra Saldungaray. Allá...”, disparó, mientras hacia rebotar la pelota en la cancha de básquet de la escuela.

Había que entrenar. Mucho. Íbamos a usar camiseta (¡Con número y todo!) No era necesario jugar con botines (Justo: yo no tenía...) Y así nos embarcamos en pos de una quimera: vencer a Saldungaray en su propia cancha. En un pueblo que, históricamente, siempre mantuvo una rivalidad amistosa con Sierra.

Los valientes que ahora me vienen a la memoria son los siguientes: Emiliano Fernández, Baltasar Ibarrola, Mauro Blanc, Jesús Montero, Miguel Bauer, Ariel Scarfi, Hugo Tucker, Francisco Del Pino, entre otros. Claro, yo también integraba la nómina... pero lo cierto es que fueron más, aunque finalmente unos pocos integramos el seleccionado de enanos de 11 años.

Pasaron los atardeceres de 3 abdominales al grito de “¡ya está, Ramoncito! no damos más” y 3 horas seguidas jugando 7 contra 7. “Miren que en Saldungaray juega un pibe que la gasta, Freddy Cardoso, que lo vinieron a ver de Boca... y también el Tiyo Rohlman, y otros más grandes”, nos atemorizaba Ramón...

Pero, a nosotros ¿qué nos importaba? Queríamos salir con camisetas y pegarle al arco desde la mitad de la cancha. Darles un baile sin siquiera preocuparnos por jugar en equipo, “parar la defensa así, por si ellos avanzan por la derecha”, y robarnos la ovación de miles de personas que, suponíamos, iban a abarrotar la capacidad de la cancha del Club Porteño.

Lo único que teníamos en mente era tenerla en el pie, dar uno, dos, tres zancadas y pegarle “un chumbazo” al ángulo. Ese ángulo que sólo podíamos imaginar porque en la escuela de Sierra marcábamos los arcos con buzos y camperas. También barajábamos la opción “maradoniana”, aunque la única gambeta que nos salía era un previsible enganche hacia adentro con la pierna más hábil.

En mi caso, las cosas iban peor: soy zurdo y Ramoncito me hacía jugar de 7. El único puntero derecho –wing, para que suene importante– de la historia del fútbol argentino que manejaba mejor la izquierda antes que la derecha. Mi destino era tan contradictorio como la posición que tenía que ocupar dentro de la cancha...

Llegó el día. Mejor dicho, la noche del encuentro... En la cancha del Club Porteño no sólo no había tribunas, sino que además la concurrencia apenas si llegaba a las 50 personas. Todos estaban pegados al alambrado. Claro, si los que jugaban eran todos hijos, primos, hijos de vecinos, de Sandunga...

Para honrar mi buena suerte, me tocó ir al banco. “¿Cómo que al banco si yo tengo la 7 y la 7 es del titular?”. “Arranca jugando el Tapa Masetti, Patricio. Dale, sentate”. Igualmente, no estaba solo: Emiliano Fernández, mi mejor amigo por aquellos años, también había sido degradado a suplente. Con la bronca entre los dientes nos sentamos a mirar el partido.

Ataca Saldungaray. Corner para Saldungaray. Gol de Saldungaray. “Che, ¡ese pibe lo metió olímpico!”. Sí, el primer gol fue un corner olímpico. Por aquel entonces estaba de moda pegarle al arco directamente desde el tiro de esquina. Comba, chanfle: el famoso “tiro envenenado”. Claro, estaba en boga para todos menos para nosotros, que teníamos que hacer el corner en dos toques porque no llegábamos de una al área...

“Entrá, Patricio”. “Dale, Emiliano, vos también entrá”. Eleisegui (o sea, yo) sale a marcar a la mitad de la cancha (recordemos: yo era delantero ¿qué hacía jugando de 5?) y no sólo se lo sacan de encima con un amague, sino que además el recién ingresado se come un caño en la jugada siguiente.

Pero el destino es justo. Siempre es justo. Y yo, heredero funesto del gran Oreste Omar Corbatta, del endiablado Loco Housemann; del certero Alfredo Graciani, piqué por la punta derecha en un contraataque desesperado y, casi sin querer, me vi envuelto en un enriedo de piernas y pelota en el área de Saldungaray.

Emiliano traba con el arquero en el vértice izquierdo del área chica... la bocha se abre a la derecha, sola, libre... guardavallas y atacante son superados por un balón que pica tranquilo rumbo al saque de meta, casi en paralelo al arco. Una pelota que, como pidiendo permiso, queda justo en la zurda de un Eleisegui que llega a la carrera. Que ajusta la mira. El arco libre. De frente. Mide el espacio entre los dos palos. Ve, de soslayo, el puño apretado de Ramoncito. Repasa los insultos de la hinchada local. Y elige el disparo seco, a rastrón, seguro, al rincón de las arañas...

Y la tira afuera.

La tira afuera...

Fue la oportunidad más clara de Sierra de la Ventana en todo ese partido. Obviamente, luego de errar ese gol imposible fui reemplazado. Saldungaray nos llenó la canasta. Nos metieron otro gol olímpico y redondearon, casi sin transpirar, un amable 6 a 0. El famoso Freddy Cardoso, a quien luego traté en épocas de secundaria, nos pintó la cara a su antojo.

Superados los 9 Km de distancia que separan a Sierra de Saldungaray, todo fue olvidar rápidamente lo sucedido. Incluso se habló de una revancha, pero la mayoría de nosotros desistió de la idea. Lo cierto es que todo el trajín previo a la goleada significó, para aquellos pibitos de 11 años, una de las primeras ilusiones con nombre y apellido.

Fue dar todo, concretar una auténtica epopeya, con los mejores amigos que uno podía tener. Un grupo en el que a la hora del picado nos elegíamos de memoria, sin necesidad del cruel y lapidario “Pan y Queso”. La magia de ser realmente un equipo, aunque el fútbol no fuera lo nuestro. En simultáneo a ese sentimiento: la belleza de jugar por jugar.

Imborrable.

Vivencias de ese estilo son las que hacen que, a 18 años de aquel suceso, uno salude con un burlón “qué hacés, Ramoncito” a amigos ubicados a cientos de kilómetros de distancia. A compadres a los que hace años no se los ve en persona. Pero que comparten hechos y palabras que significan lo mismo. Que son parte feliz de una historia en común. Inquebrantable...

Mirador del Ventana (Enviada, desde Bahía Blanca, por Alan Ugarnes)


Mi hermano, Alan Ugarnes, y Belén Ramos, en el mirador del Cerro Ventana. Detrás puede verse, pequeño aunque inconfundible, el hueco que da nombre a toda la Comarca...

Culebra (Imagen tomada por Leonardo Beli)


Soberbia. Y con la certeza de que, en una primera impresión y aunque no se trate de una especie venenosa, su estampa ya impone respeto. Testimonio de la fauna que habita la Comarca de Sierra de la Ventana... La imagen es gentileza de Leonardo "Lelo" Beli.

27 junio 2007

La primera nevada del año... desde el cerro Tres Picos (Más imágenes tomadas por Piti Olague)




Segunda parte de la serie de fotografías que Piti Olague tomó el pasado 29 de mayo en la cumbre del cerro Tres Picos. Y que cedió gentilmente para que sean publicadas en este portal en una primera entrega.

Más testimonios de este evento, y buena parte de la obra fotográfica de Olague, en su blog Capturando Luces.

Raíces (Imagen tomada Patricio Moracho, de Buenos Aires)


Brazos de madera. Eternos. La obra es gentileza de Patricio Moracho.

23 junio 2007

Cae el sol (Imagen tomada por Jeroen Van der Heide, de Alemania)


Atardecer en el diquecito San Bernardo, uno de los balnearios más tradicionales de Sierra de la Ventana... La toma -increíble, por cierto- pertenece a Jeroen Van der Heide, quien amablemente cedió a la imagen para que sea publicada en este espacio.

Rumbo al Bahía Blanca... (Imagen tomada por Nacho y Caro, de Bariloche)


Un momento en la travesía rumbo a la cumbre del cerro Bahía Blanca. La fotografía es gentileza de Nacho y Caro, de Tierra Mágica Bariloche.

Camoatíes (Imagen tomada por Ricardo Caba, de Villa La Angostura)


Viejas conocidas (y padecidas) por quien aquí escribe en tiempos de travesuras infantiles en Sierra de la Ventana...

Acto seguido, la descripción que Ricardo Caba, autor de esta fotografía, hace de ellas:

"Avispas 'Camoatí' famosas por el cuento de Quiroga y por sus dolorosas picaduras pese a su reducido tamaño. Son resistentes a los insecticidas y para ser erradicadas deben ser incineradas. Son originarias del norte argentino pero ya se encuentran en gran cantidad en el valle del río Negro".

17 junio 2007

Especial, por las 5.000 visitas (Video)

Llegamos a las 5.000 visitas y había que festejarlo como se debe: con algo verdaderamente especial. En este caso, un video que rememora buena parte de las imágenes y recuerdos que ya forman parte de http://www.sierra-de-la-ventana.blogspot.com/.

Todo esto hubiera sido imposible sin el talento y la generosidad de Carla, mi mujer, que en secreto (me enteré de esto cuando ya estaba terminado) se ocupó de recopilar un buen caudal de fotos, y crear el video que ahora pueden apreciar. Un gesto invaluable...

Mil gracias. A todos. Realmente a todos. Por formar parte de este viaje...

Patricio.

A lo lejos, el puente... (Imagen tomada por Andrés Rezzano, de Lomas de Zamora)


Una mirada al Puente Negro... casi desde la estación de tren. El verde que todo lo puede... Gentileza de Andrés Rezzano.

Arco iris (Imagen tomada por Sofía Bianchi, de Bahía Blanca)


Divertimento del sol. Al amparo de nubes y árboles... Foto gentileza de Sofía Bianchi.

14 junio 2007

Pecho amarillo... (Enviada por Osvaldo Fernández)


Otro fiel habitante de sierras, bosques y ocasionales colas de zorro... En este caso, retratado por Osvaldo Fernández, a quien agradecemos profundamente el envío de la imagen.

La capilla... (Imagen tomada por Ezequiel Rugiero, de Monte Grande)


La capilla Nuestra Señora de Lourdes... Símbolo común de Sierra de la Ventana y Villa La Arcadia. Esta obra es gentileza de Ezequiel Rugiero.

09 junio 2007

Estación de tren... (Enviada por Carolina Scarfi)


Junio de 2005.
Andenes de blanco. Frío invisible. La calma en la espera...

Guanacos (Imagen tomada por Leonardo Beli)


Otra postal de la fauna serrana. Gentileza de Leonardo "Lelo" Beli.

06 junio 2007

El hornero (Imagen tomada por Rubén Pinella, de Tres Arroyos)


Vigía de las tormentas. Albañil perfecto... Gentileza del fotógrafo y periodista Rubén Pinella, de Tres Arroyos.

Camino al Cerro Ventana... un vistazo (Video)

Dando vueltas por la web, pude dar con este video corto que retrata un instante de la travesía al Cerro Ventana.

En un momento, el paneo deja ver los caballos cimarrones que, según me enteré hace poco, ya no habitan más el Parque Provincial Ernesto Tornquist.

03 junio 2007

Desde el aire... (Enviada por Raúl Pérez Santellán)


Una mirada aérea de buena parte del pueblo. Calles y casas conocidas. Pasos en común. Al resguardo de un Tres Picos imponente... Foto gentileza de Raúl Pérez Santellán.

Llanto de las rocas... (Imagen tomada por Pablo Damonte)


Garganta. Caída. Vertiente... La imagen: gentileza del fotógrafo Pablo Damonte, radicado en Galicia, España.

02 junio 2007

La llegada del año 2000 en Sierra... (Enviado, desde Carhué, por Marta Eleisegui)

¡Un recuerdo digno de no olvidar!

La llegada del año 2000 fue algo maravilloso en Sierra: todos estuvimos juntos en esa mega fiesta.

La avenida San Martín lucía hermosa con la iluminación colocada para tal fin; era algo imponente y bello. Se organizaron grupos de personas de la Comunidad que trabajaron afanosamente para llevar a cabo los festejos que quedarán de por vida en nuestra memoria.

En las proximidades de la rotonda central se instaló un escenario, de grandes dimensiones, con pantalla gigante incluida. También dos carpas enormes que brindaban el servicio de restaurantes.

Pero lo más hermoso fue la reunión de todos los que compartimos esas últimas horas de 1999 y la llegada del tan esperado Año 2000.

¡Oscar Kaltenbach animó como nunca la fiesta! Bailamos y brindamos en la calle hasta que salió el sol...

Fue algo especial, una fiesta que nos hizo olvidar las mezquindades y los egoísmos propios de una Comunidad tan pequeña, y estuvimos todos juntos esa vez.

Al amanecer fuimos a nuestras casas a buscar los equipos de mate y regresamos a la avenida, donde recibimos la llegada del sol compartiendo unos verdes con las personas que habían quedado todavía allí.

En mi caso recuerdo a unos amigos muy queridos (Graciela y Luis Reyes) con los que nos quedamos hasta bien avanzada la mañana.

¡Una fiesta para recordar! Nos sentimos muy orgullosos de esos momentos tan lindos que vivimos, orgullosos digo porque fue algo genuino que surgió del corazón de todos. Ojalá que alguien pueda acercar otras vivencias relacionadas con ese evento tan importante.

Seguro que el 17 de enero de 2008, cuando Sierra cumpla los 100 años habrá otra fiesta digna de no olvidar, y es mi deseo que podamos bailar y festejar juntos como esa vez, aunque algunas personas ya no estén físicamente, pero sí en nuestros corazones.


Marta Eleisegui.
Carhué.

30 mayo 2007

La primera nevada del año... desde el cerro Tres Picos (Imágenes tomadas por Piti Olague)








Imágenes tomadas este martes 29 de mayo. La primera nevada del año, y el fotógrafo Piti Olague escaló el cerro Tres Picos para obtener estos registros increíbles (Y cederlos gentilmente a este espacio). Más testimonios en su blog Capturando Luces.

26 mayo 2007

Ayer (Enviada, desde Puerto Rico, por Darío Lemos)


Año 1995. Precisamente, promoción 1995 del Instituto Fortín Pavón de Saldungaray. En la imagen, amigos de Saldungaray y Sierra de la Ventana. De izquierda a derecha: Pablo Martin, Gerardo "Tiyo" Rohlman, Darío Lemos y Walter "Pollo" Irigoyen. Sentado: Gastón "Tonga" Waiman.

Hoy (Enviada, desde Puerto Rico, por Darío Lemos)


12 años después, parte del equipo de "salvajes" de la imagen anterior. Abril de 2007. Darío Lemos, Pablo Martin, y Walter "Pollo" Irigoyen.

Movilidad serrana... (Idea y dibujos de Tulio Josedamiano)


Haciendo cumbre... (Enviada por Ezequiel Valles)


20 mayo 2007

En las Paredes Rosas...


Piti Olague en las Paredes Rosas (y con el cerro Tres Picos de fondo); un sitio que él define como "muy popular entre escaladores de toda la Argentina, e incluso, aunque en menor medida, del mundo entero".

El texto y la imagen fueron cedidos muy gentilmente por Piti Olague, y aparecen publicados en su blog Capturando Luces.

19 mayo 2007

Desde la ruta... (Imagen tomada por Ezequiel Rugiero, de Monte Grande)


Desafío a la tormenta. Ruta 72. Agua y pavimento. Gentileza de Ezequiel Rugiero.

Sierra de la Ventana, fragmentos... (Enviado, desde Quilmes, por Amadeo Serafini)

Atrapar el cielo.

Como si las golondrinas no supieran hacia donde dirigirse, a que viento permitirle una caricia que recuerde tierras prósperas y cálidas. Cada amanecer es un rocío que apaciblemente se retira, piadoso, ante un sol soberano y dominante que, despacio cual murmullo de las hojas, anuncia su voluntad en tanto colma de caricias la cumbre de los cerros. Esos cerros antiguos, redondeados; testigos de luchas y silencios, de hombres y animales batallando por ese mandamiento eterno llamado permanecer.

Aspirar el fresco perfume de la mañana, sentir la hierba húmeda y el suave agitar de las madreselvas; apreciar como la vida misma abre sus ojos y se dispone a caminar nuevamente por senderos ya conocidos.

El misterio de cada maravilla se alimenta de esa rutina apacible, de palabras comunes, de paisajes ya fijos en la memoria del curioso observador. El encanto de alimentar el alma con imágenes que uno ya considera como propias; esas rocas y esos bosques que siempre estarán ahí. Porque cada árbol es uno mismo, porque cada cueva es un refugio y porque en ese ciervo, en esa liebre que atraviesa velozmente la ruta, se esconde esa parte de nosotros que nació salvaje y leal, como el paisaje que nos dio su cobijo durante la niñez.

Crudo y frío invierno, de nevadas suaves y chimeneas voraces. De nogales desnudos, castañas, y bellotas ruidosas y eternamente opacas. Cada casa es fuego; el calor de reunirse bajo una misma llama simplemente a compartir el tiempo. Nada más sabio y valioso. Primavera verde y florida, de abejas danzantes y pájaros carpinteros laboriosos.

Sueño que despierta, benévolo en fragancias de aromo y romero, para liberar a los ondulados cabellos del viento, y dejar que las luciérnagas celebren su inocente y luminosa procesión amparadas en la complicidad que les regala un rabioso aire embelesado. Fácil es hallar un nuevo lugar desde el cual apreciar la claridad del río; siempre ágil, siempre tentador.

Aún se puede atrapar el cielo. Sólo basta con no olvidarnos de la tierra y el viento, de la noble pelea entre el sol y el rocío. Sólo basta con recordar... que siempre seremos golondrinas enamoradas de esos viejos cerros.

17 mayo 2007

Salvaje... (Imagen tomada por Pablo Damonte)


Postal de otro mundo. Testimonio de un visitante de Sierra de la Ventana. La toma: gentileza del fotógrafo Pablo Damonte, radicado en Galicia, España.

Pescadores exitosos...


El "Turco" Schumacher y "Lelo" Beli. Imagen gentileza de Leonardo Beli.

13 mayo 2007

El Dique (Enviada por Carolina Scarfi)


Un símbolo de Sierra de la Ventana (¿quién -serrano o turista- no se bañó alguna vez en El Dique?). Sobreviviente a una y mil crecidas del salvaje río Sauce Grande.

La vía infinita... (imagen tomada por Rubén Pinella, de Tres Arroyos)

Los rieles. La curva. Blanco y negro para despojar al paisaje de cualquier atisbo de tiempo. Gentileza del fotógrafo y periodista Rubén Pinella, de Tres Arroyos.

06 mayo 2007

El cerro Ventana... de blanco (Enviada, desde Villa Ventana, por Daniel Devila Daly)


Altivo y eterno. El célebre hueco de la Ventana corona el macizo cubierto de nieve.

Lagarto vence a rana (imagen tomada por Leonardo Beli)


Una postal de la fauna serrana. Salvaje y real: todo en el mismo instante. Gentileza de Leonardo "Lelo" Beli.

02 mayo 2007

Los primeros 1.000 (Por Patricio Eleisegui)

Hace muy pocos días hablaba con mi amigo y colega Luis Lozano sobre el vertiginoso ritmo de visitas que había tomado este blog. Y fue imposible no remontarme a aquel 9 de octubre de 2006 en el que comenzó esta historia.

En ese momento, todo fue hacer caso a un deseo que, aunque llegó de repente, llevaba conmigo desde hacía bastante tiempo: devolverle a Sierra de la Ventana un poco de todo lo maravilloso que el pueblo me había dado durante mi infancia y gran parte de la adolescencia.

La mejor forma –considere en esa instancia– era crear un espacio en común para todos aquellos que como yo llevan sobre sus espaldas la marca de haber vivido en un lugar increíble.

Casi sin pensarlo, empecé a contactarme con personas que compartían el mismo deseo latente. Y la respuesta, para mi sorpresa, fue inmediata. Comenzó con mi mujer, mi madre, mis hermanos, los amigos más cercanos: todos coincidieron en que la idea era buena. Y que había que aportar el famoso granito de “roca y madera” para que la intención tomara cuerpo y vida.

Llegaron las primeras fotos. Las anécdotas. El aliento de los que se la tienen jurada al olvido... Los personajes que dan realidad a un espacio que ya es mucho más que un mero homenaje a un paisaje, sin dudas, fantástico.

Se sumaron más amigos. Desconocidos con palabras en un mismo idioma para una historia en común... Creció el caudal de fotos y textos: la propuesta empezó a ser de todos.

Poco a poco, http://sierra-de-la-ventana.blogspot.com/ fue un lugar habitable para los recuerdos, los pensamientos en común y la posibilidad de volver a un sitio jamás abandonado.

Fue un lugar propicio para la nostalgia, pero siempre desde una perspectiva positiva. Ríos de roca y madera adoptó el rostro de lo que había pensado en un principio: un blog que devuelve etapas y sonrisas, pero siempre desde una certeza: la felicidad que muchos vivimos en el presente no es más que una continuidad de todo lo valioso presenciado en el pasado.

Ríos de roca y madera es el testimonio de ese no haberse ido nunca. La evocación de mi amigo Luis al Gordo Troilo en su aporte al blog; ese “dicen que me fui de mi barrio. Pero cuándo, cuándo, si siempre estoy volviendo” fue tan cierto... tan justo.

Tan premonitorio de una evocación que siempre es nueva...

Como ya dije, hoy cumplimos las 1.000 visitas. Y estoy seguro de que este es sólo el comienzo de una apuesta que, libre, llegará adónde la lleven aquellos que, desde hace ya bastante tiempo, confiaron en que esta idea-deseo tiene una preciosa razón de ser.

Y que bien vale la pena confiar en todo esto.

A menos de un año de iniciado este sendero, no puedo más que agradecerles. A ustedes. A los de siempre y a los nuevos. Por hacer tan grande algo que una vez sólo fue una tímida –aunque persistente– ilusión.

Por compartir el mismo camino. Gracias.


Patricio Eleisegui



Y aquí va mi aporte. Una foto del 2006, tomada en Carhué, provincia de Buenos Aires; lugar en el que ahora reside mi madre, una “serrana” de alma. De izquierda a derecha: mi mamá, Marta Eleisegui, mi mujer, Carla Serafini, y yo, Patricio Eleisegui.





28 abril 2007

La tormenta perfecta (imagen tomada por Piti Olague)


18 de abril de 2007. Tornquist...

Viaje serrano... (Idea y dibujos de Tulio Josedamiano)


Una gentileza del autor... que parece conocer muy bien las particularidades del ferrocarril Roca.

24 abril 2007

En el paraíso añorado... (Enviada, desde Buenos Aires, por Luis Lozano)


1989. Tal vez la misma tarde en la que Patricio se desquitaba sus once años contra el vidrio del camión abandonado atrás de la comisaría. Yo también tenía once y Sierra era un paraíso añorado, el lugar donde una o dos veces al año se suspendía el tiempo de la monótona niñez porteña.

En la foto, los Lozano: mamá, papá, mi hermano Diego y yo, con raya al costado y un jopo que aún me cuesta admitir. Falta mi hermana, seguramente de novia, aprovechando las vacaciones de invierno en Buenos Aires.

Esos “ríos de roca y madera”, conservan todavía algo de esos años. La yarará entre los pajonales, el hotel de los nazis, los tímidos ciervos del Parque Provincial y el pasaporte a un mundo perdido.

Como rezaba el Gordo Troilo, “dicen que me fui de mi barrio. Pero cuándo, cuándo, si siempre estoy volviendo”.

Villa La Arcadia... (imagen tomada por Rubén Pinella, de Tres Arroyos)


Una vista de Villa La Arcadia, a las espaldas de la Capilla Nuestra Señora de Lourdes y muy cerca del cerrito del Amor... Gentileza del fotógrafo y periodista Rubén Pinella, de Tres Arroyos.

21 abril 2007

Desde la Patagonia (Enviada, desde Neuquén, por Emiliano Fernández)


Imagen tomada el 10 de abril de 2007. Un amigo-hermano; verdadero compañero de correrías en épocas de infancia en Sierra de la Ventana. Emiliano Fernández en el volcán Auca Mahuida de Neuquén, provincia en la que ahora reside.

14 abril 2007

Nube lenticular sobre el Tres Picos (imagen tomada por Piti Olague)


Impactante. Gentileza del fotógrafo Piti Olague, de Tornquist.

Sierra nevada... (Enviada por Carolina Scarfi)


14 de junio de 2005. Una foto que, en lo personal, me inunda de nostalgia. La calle en que viví casi hasta que me fui de Sierra de la Ventana: la avenida Rayces, en Villa La Arcadia, pintada de nieve...

La imagen (gentileza de Carolina Scarfi) está tomada prácticamente a la altura de la vereda de la que fuera mi casa. Imposible no volver atrás en el tiempo...

Sombras sobre el cerro Tres Picos... (Enviada por Leonardo "Lelo" Beli)

31 marzo 2007

Algo estaban tramando... (Enviada por Carolina Scarfi)



Año aproximado: 1984. De izquierda a derecha, de pie: Gonzalo Reyes (Chalo), Esteban Simon, Emiliano Fernández. Sentados en el tapial, también de izquierda a derecha: Damián Reyes (Cabezón), Fernando Girou, Ariel Scarfi, Lorena Melgarejo y Elizabeth Simon.

Cómo romper un vidrio frente a la comisaría (y ser capturado en el intento) –Por Patricio Eleisegui

Año 1989, según mis cálculos. Tarde de juegos y “achurías” con Emiliano Fernández (“Negro”) Francisco Del Pino (“Bobby”) y Hugo Tucker (El “Agui”, o sea) Luego de habernos juntado, tras el almuerzo, en la puerta de Melín (el super de Medrano) con los chicos decidimos que era un buen día para salir de exploración por el barrio Golf.

Obviamente, con nuestros 11 años funcionando a pleno lo primero que se nos cruzaba por la cabeza (“Marote”, diría Emiliano) era encontrar algún que otro frutal para pelarlo, o la posibilidad de meternos con las bicicletas en la cancha de Golf sin que nadie nos agarre.

Volvíamos ya de cometer la bendita intromisión en la cancha cuando, tras cruzar la vía por el caminito que se abre a la izquierda de la sede del Club –franqueado por una casa ferroviaria y cercano a un pequeño puente negro que, en curva, cruza el río– dimos con las espaldas de la comisaría.

Recuerdo que eran casi las 5 de la tarde, y yo tenía que pasar a buscar a Alan por el jardín, que por aquel entonces funcionaba en el edificio lindante con la Escuela Nº 6 –y en el cual operó por un buen tiempo la biblioteca municipal (Sara Bellabarba era una de las encargadas del lugar)– cuando nos topamos con una pequeña flota de coches y camiones semi desarmados situados al frente de la unidad policial.

Faltaban unos minutos para la salida del jardín así que, como tonteando, nos pusimos a revisar los autos que yacían en el lugar... Para qué... dimos con un camión que, aunque totalmente desmantelado, todavía conservaba intacta la luneta trasera...

Charlábamos sobre qué hacer con el dichoso camión cuando Bobby lanzó la primera piedra... que atravesó el vidrio. Y luego vinieron uno, dos, tres, quinientos proyectiles que fueron y vinieron a través del cristal ya perforado. En un momento, no tuve mejor idea que pronunciar un “mirá cómo lo part...”. Vale decirlo: no pude completar la frase.

A lo lejos, y saludando con un amargo “¡qué hacen!”, se presentó ante nosotros un policía: el Negro Muñoz.

“Nada, estábamos jugando”, respondió, rápido, Bobby Del Pino. “No, no, no: a mí no me vengan con esa”, siguió Muñoz. “Es cierto, estábamos acá, mirando”, trató de convencer Emiliano. “Vamos, vengan para adentro...”, ordenó el policía, y giró sobre sus talones. “Pero... yo tengo que ir a buscar a mi hermanito al jardín...”, tiré al voleo. “No, vamos para adentro, vamos...”, siguió.

Resultado: terminamos sentados en el hall de la comisaría mientras Muñoz tomaba nuestros datos con una antidiluviana máquina de escribir. “¿Y vos de quién sos?”, era la pregunta obligada. “¿Así que sos hijo de Fernández, el veterinario?”. “¿Y vos de Ugarnes?”. En un momento, llegó otro agente: Agustín Giménez. “Van a tener que pasar la noche acá”, comentó en la primera de cambio. “Andá y abríles el calabozo”, agregó.

Bastó escuchar el mínimo chirrido de una reja para, los cuatro, empezar a llorar como unos desgraciados. “¡No nos dejen acá!”, “¡Por favor!”, “¡Estábamos jugando!”, “¡Mi viejo me mata!”, fue la andanada de frases que se nos escaparon entre sollozo y sollozo.

Seguros del susto que nos habían dado, Muñoz y Giménez decidieron dar el golpe final: “Ahora váyanse a sus casas... que a las 18.30 pasará un patrullero por sus casas para hablar de esto con cada uno de sus padres”, fue la despedida.

Recuerdo el tranco apurado, tras haber pasado a buscar a Alan. El trotecito hasta casa por caminitos de piedras sueltas y pajas vizcacheras, allá arriba, cerca de lo del Dr. Pugliese. Cada uno por su lado. Asustados. Y llegaron las 6 de la tarde. El televisor sintonizando Telenueva Canal 9. Los Thundercats...

Mi vieja preguntando “¿por dónde anduvieron con los chicos?”. Y yo parado contra el ventanal... mirando hacia la esquina... dibujando en el aire el patrullero con Muñoz al volante. “Marta, tu hijo rompió...”. El quilombo en casa. “La que me espera”.

Se hicieron las 18.30. Las 7 de la tarde. las 7 y media. Las 8. Y el auto no vino. “Por ahí se olvidaron”, “Lo dejaron para mañana”, “Capaz que anotaron mal la dirección”. La calle Huanguelén tampoco era tan fácil de ubicar en un pueblo prácticamente sin señalizar...

Lo cierto es que el auto nunca llegó. Y ya han pasado casi 18 años desde aquel suceso...

Ahora, mientras charló con mi novia sobre el tiempo transcurrido, al cobijo de un cielo gris, en Caballito, Buenos Aires, no puedo evitar –obviamente, sin pronunciar palabra– acercarme otra vez a la ventana. Mirar de manera disimulada hacia un lado y el otro. Tratar de ubicar con los ojos la esquina de Eduardo Acevedo y Yerbal. Buscar. Imaginar. Para luego respirar tranquilo...

Y caer en la certeza de que no hay ningún patrullero en dirección a mi casa. No. Ya no tengo que temer el diálogo entre Muñoz, Giménez y mis viejos. La reacción de mi mamá. El “por una semana no salís a jugar”. La típica “no quiero que te juntes más con...”. No hay por qué tener miedo. Lo único malo; sin dudas lo peor de todo, es que ya no dan los Thundercats...

Ya no los dan...

23 febrero 2007

El Fortín (Enviada, desde Puerto Rico, por Darío Lemos)



Adivinaré el año: ¿1995? Aquí hay gente tanto de Sierra como de Saldungaray... De izquierda a derecha: Pablo Martin, Darío Lemos, Gerardo Rohlman (Tiyo) Walter Irigoyen (Pollo) Pablo Cleppe (también conocido como "Cuervo") y Gastón Waiman (Tonga)

Contemplan la escena (más a la derecha): Ana Santini y Mara López. Un poco más atrás, Marily Tesán.

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