07 octubre 2007

Golf Club... (Imágenes tomadas por Sofía Bianchi, de Bahía Blanca)


Escenas luminosas del Golf Club de Sierra de la Ventana. Magia en 18 hoyos que excede a la mera práctica de un deporte. La naturaleza por encima de todo...

Las fotografías son un gentil aporte de Sofía Bianchi.

Cumbres por un sueño de verano - Parte III-Final- (Por Agustín Moreno, de Bahía Blanca)

El amanecer, soleado, nos mostraba un gran colchón de nubes por debajo del nivel de nuestra morada. Parecía hecho con capullos de algodón. Esa situación momentánea me invitaba a soñar despierto. Me tiré sobre la bolsa de dormir e inventé mi sueño: Yo permanecía acostado, cara al cielo, con mis manos entrelazadas colocadas debajo de mi nuca, y una pierna sobre la otra a lo largo del colchón. Los ojos bien abiertos y los oídos muy atentos para mirar y escuchar el recital celestial que estaba por brindar Elvis Presley a miles de Ángeles vestidos de blanco, que lo ovacionaban constantemente agitando miles de pañuelos blancos. Ellos saltaban enfervorizados haciendo ondular aun más el capullo blanco en el cual estábamos flotando y que me producía una sensación única e irrepetible. Entonces, de repente apareció Elvis vestido todo de negro y allí empezó la histeria colectiva. Los Ángeles se abrazaban entre si, lloraban y vitoreaban a la “Pelvis Presley” y yo no podía ser menos. Estremecido hasta los huesos me abrazaba con todos y cada uno. De repente, silencio total, increíble. Sonaron los instrumentos, los primeros acordes, y Elvis abrió el recital cantando “always on my mind”.
Sin darme cuenta empecé a cantar, susurrando apenas “maybe I did not love you…”,
cuando Claudio, que venía del patio cámara en mano, me dijo:
- ¡Chegu, este paisaje es para volverte loco… dan ganas de soñar despierto!
Dejé el sueño y volví a la realidad.
El Napostá, al lucir su cumbre por encima de las nubes, aparentaba tener más altitud que la real. Se magnificaba. Mientras encendía el calentador para prepararnos un desayuno caliente no podía dejar de mirar hacia los capullos de algodón.
Abrumados por el desarraigo que nos ocasionaba partir de nuestro terruño, dejamos la casa en orden y nos fuimos con equipo ultra liviano.
Al cabo de media hora de nuestra partida por la pared norte, estábamos besando la cumbre del Tres Picos pero sin detenernos seguimos hacia Cerro de la Carpa.
Bajamos por un laberinto rocoso que nos demandó más tiempo y seguimos por un callejón que desciende hacia el sur y nos aceleró el ritmo. De los 1243 metros del Tres Picos bajamos a los 866, punto más bajo antes de la cuesta, y después, una vez en la cumbre del Cerro de la Carpa, medimos 1072msnm.
No encontramos Apacheta, solamente un montículo de piedras muy grandes marcando el punto más alto del cerro.
De plato principal tuvimos un par de “milangas” y de postre barras de cereales. Mientras descansábamos nos hidratamos convenientemente. Una vez terminada la sesión de fotos testimoniales nos fuimos en busca del Refugio construido en el mismo cerro, a cien metros de la cumbre en dirección al este. El mismo refugio que yo tantas veces había visto claramente desde la cima del Tres Picos y que siempre llamaba poderosamente mi atención.
Allí lo teníamos, estaba al alcance de la mano, impecable. Y yo sabía quien era el responsable de que estuviera así. Esteban, “el ruso”, quien era un apasionado del Cerro de la Carpa y de la montaña toda. Él lo había reconstruido con esfuerzo y sacrificio después del destrozo y abandono que había sufrido. Él se había deslomado llevando desde el llano chapas, tirantes y todo lo necesario para dejarlo habitable. "¡Qué pinturita de Refugio se armó Esteban!" -me dije para mis adentros- “Loable acción y emprendimiento”
Estuvimos contemplando el patio, generoso y sin límites, y después de merodear un par de horas regresamos sobre nuestros pasos hasta llegar nuevamente al Tres Picos. Ésa vez habíamos logrado la cumbre por la pared sur, la que usualmente hacía “el ruso”.
En la cumbre descansamos y aprovechamos a ventilar nuestros cansados y "ardientes" pies. Las botas estaban siendo duras, pesadas y muy abrigadas para esa estación en montañas de esas altitudes.
Con los pies como empanadas regresamos al hogar, dulce hogar, y devoramos, cual hormigas, la provisión de boca que nos quedaba en depósito. No era para menos.
La modorra, originada por la ingesta rápida y voraz que habíamos tenido, hizo que nos tiráramos en el jardín, sobre el copioso pastizal serrano, cual leones después de un atracón. No llegué a dormirme pero estaba con la mirada perdida en el paisaje, escenario ancho y largo, profundo e increíblemente cautivante para mis ojos, cuando de repente Claudio me sobresaltó.
- ¡Chegu... estás requemado! -dijo como sorprendido.
Lo miré y no sabía si me estaba "cargando" por mi piel morena natural o me lo decía con sinceridad. Mientras preparaba mi respuesta le hice un estudio visual y comprobé que él también estaba muy quemado por el sol. De ahí surgió mi respuesta y pregunta a la vez.
- ¡Vos también!... ¿y, qué tal?, ¿qué te pareció la paliza bajo el sol?
- ¡Bárbaro! ¡Me siento perfectamente bien!
- Entonces emprendamos la retirada que ya es hora –le dije a la vez que me incorporaba lentamente tratando de no aplastar la Festuca Ventanicola que tenía al costado.
Armamos las mochilas, dejamos la “casa chica” sin contaminantes, e iniciamos la cuenta regresiva. Pasamos otra vez por el piletón a colectar agua y encontramos el chorrillo con el caudal un poco más flaco que el día anterior. Pero el preciado tesoro que traía era de un valor incalculable.
Antes de reanudar la marcha, mi compañero de escalada me dijo:
- Chegu, me voy asombrado y sorprendido de todo lo que he visto, las vivencias, que sé yo… lo que me hizo sentir la montaña no tiene precio.
- Por toda respuesta hice silencio y nos dimos un largo abrazo. Él sabía que yo, asiduo visitante de las sierras, pensaba y sentía lo mismo que él.
Mientras bajábamos, aquel 14 de Marzo de 2004, supe que Claudio había dado el paso más importante en relación al viaje a Vallecitos: había tomado la decisión de ir. El resto, es otra historia.


Agustín Moreno
el.chegu@gmail.com


29 septiembre 2007

23 de Septiembre: nevada... tras los pasos de Darwin (Por Piti Olague y Agustín Moreno)





"Todo el grupo de excursionistas que se sumaron al desafío del 23 de Setiembre en el Cerro Tres Picos, del cual participé como guía ayudante, la nevada que se dio mientras bajábamos, le dio un toque extremo a la aventura", explica Piti Olague, creador del registro en video, en su blog Capturando Luces. La fotografía posterior, y a la cual describe Olague, es obra de Agustin Moreno.

La iniciativa que reunió a estos intrépidos aventureros adoptó el nombre de “Tras los pasos de Darwin”. Y la referencia al célebre naturalista resulta casi obvia: durante su etapa de investigaciones en esta parte del mundo, Charles Darwin desafió con éxito la cumbre del emblemático cerro Tres Picos.

Devenir del viento... (Imagen enviada por Ana Salvadori, de Bahía Blanca)

"Mañana habrá viento", fue el disparador de esta fotografía. "Fue ver el cielo y tratar de plasmar esa imagen en la foto", según su autora.

El registro es obra y gentileza de Ana Salvadori, de Bahía Blanca.

Cumbres por un sueño de verano -Parte II- (por Agustín Moreno, de Bahía Blanca)


Ahora estábamos con Claudio en otra estación estival. En ese momento faltaban pocos días para que terminara el verano, y ese 13 de marzo de 2004 se despedía con mucho calor y nuestros cuerpos lo notaban. Por eso mismo, antes de salir de la garganta, nos refrescamos con el agua contenida en la pileta.
Mientras Claudio se refrescaba me preguntó:
- ¿Y si no hubiésemos encontrado el chorrillo que hubiéramos hecho?
- Lo más recomendable es colectar agua de éste lugar y hervirla. Mientras se enfría se puede tomar alguna infusión caliente y nos vamos hidratando. Si no se ve muy contaminada por insectos o renacuajos muertos o algún otro tipo de basura se puede tomar agregándole unas gotitas de hipoclorito de sodio, popularmente conocida como lavandina o lejía. Una alternativa sería caminar hasta La Pipa, una profunda olla que generalmente tiene su capacidad cúbica con disponibilidad suficiente de agua y no está muy lejos. Otra alternativa es el agua de los arroyos que están más al llano, porque a mayor altitud menor posibilidad de encontrarla. Pero quien conoce las quebradas a fondo sabe que hay muchas fuentes de agüita salvadora. Eso sí, hay que saber caminarlas.
- ¡Imagino lo duro que debe ser, extenuante y fastidioso!, ¿no, Chegu? -dijo Claudio.
- ¡Sí señor!, estás perfectamente acertado en tu apreciación. Ninguna duda que es así. Pero a veces no queda más remedio que hacerlo. Lo lindo es que cuando estás en una expedición organizada no todos van por el agua, lo hace solamente un pequeño grupo, los más aptos y con mejores condiciones físicas. Al regreso, los que se quedaron hacen mil preguntas y los aguateros eventuales, sobre todo los novatos, se sienten bardos y cuentan las alternativas poéticamente, y de paso, cada uno agrega su propia fantasía.
Una vez repuestos y aliviados retomamos el sendero subiendo a paso lento. Miramos la Cueva de los Guanacos, “la casa grande”, y vimos que estaba deshabitaba. Giramos al sur enfilando hacia el Tres Picos y nos fuimos alejando de ella. Arribamos al Bote en menos de media hora y allí nos desviamos unos metros hacia el saliente para ir directo a Nido de Águilas.
Encontramos la cueva en perfecto orden y limpieza. Nos quitamos el peso de la espalda y sentimos que flotábamos al igual que las Águilas Moras en las corrientes térmicas.
Nos sacamos la ropa húmeda y el calzado que estábamos estrenando, ciertamente pesado, pero que queríamos ir "ablandando" para andar cómodos en Vallecitos. Otro alivio más.
Desde el jardín veíamos, al norte, la Cueva de los Guanacos y el Cerro Ventana con sus ocho picos bien demarcados. Más cerca de nosotros, el Cerro Napostá con su larga y no tan vertical arista sur estribando en los anfiteatros macizos de la Quebrada del San Diego. Después nuestro panorama se acotaba porque estábamos rodeados, casi abrazados, por vastas laderas que eran parte de la pirámide del Tres Picos. Estábamos alojados en las propias entrañas del techo de los bonaerenses y no podíamos percibir otra cosa más que calidez.
Un llantén se mostraba bien al borde de la terraza y unos metros más arriba una roca aplanada parecía querer venirse abajo. Era como que dudaba de caer o no. No temí por su postura pues la conocía desde hacía muchos años atrás y siempre había estado allí, bien firme.
Nos instalamos en la sala y acondicionamos el piso tendiendo los aislantes y las bolsas de dormir que quedaron en condiciones de ser ocupadas cuando nos cubriera la noche.
Pasamos otra vez al magnífico patio y allí colgamos la ropa mojada por la transpiración en las rocas que aun recibían los rayos del sol.
Cuando ya nuestros estómagos nos dieron la señal química del hambre improvisamos, como siempre se hace en la montaña, una mesa y nos dimos un banquete con salamines, queso, y otros comestibles que se vuelven más apetitosos y deseables cuando uno los come en la montaña. De intrusos teníamos a un par de chingolitos que, saltito va saltito viene, se iban comiendo las miguitas y restos de galletitas que caían al piso.
Cuando se apagó la luz solar encendimos el farolito y nos calzamos las linternas frontales para alumbrarnos cuando tuviéramos que "demarcar nuestros territorios" en los alrededores.
Las toallitas húmedas de bebé estaban en un punto de encuentro fácil para cuando las necesitáramos o decidiéramos darnos “un baño”. Hervimos agua y nos preparamos infusiones que tomamos pausadamente para una mejor hidratación.La noche, típica de verano, nos agasajaba con un espectáculo digno de no perderse: arriba un cielo completamente estrellado que parecía reventar por lo cargado. Abajo, cientos de luciérnagas volaban con sus luces intermitentes que parecían bailar al compás del canto de los grillos y sapitos de las sierras, y el croar de infinidad de ranitas. Por fortuna, la carencia de mosquitos nos hizo disfrutar mucho más del espectáculo nocturno.


Agustín Moreno.

22 septiembre 2007

Guardián de las vías... (Imagen tomada por Nacho y Caro, de Bariloche)

Sin dudas, uno de los íconos de Sierra de la Ventana. El emblemático y eterno puente negro sobre el río Sauce Grande. No faltan las historias y leyendas a su alrededor.

La más repetida: que sobrevivió a un bombardeo aéreo en épocas de la Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón, allá por 1955. Y que en su parte superior guarda heridas aún visibles de ese ataque...

Esta imagen es gentileza de Nacho y Caro, de Tierra Mágica Bariloche.


De setas y sombreros... (Imagen tomada por Pablo Damonte)

La tierra húmeda que da paso a una y mil formas de vida. En este caso, una pareja de hongos que se alza, orgullosa, sobre la hojarasca serrana.

La imagen es obra y gentileza del fotógrafo Pablo Damonte, radicado en Galicia, España.


Cumbres por un sueño de verano -Parte I- (por Agustín Moreno, de Bahía Blanca)

El asado había estado bastante sabroso y generoso. Enrique, anfitrión esa vez, esmerándose como lo hacía habitualmente, nos había dejado satisfechos con su arte gastronómico. Por eso con Claudio, antes de los postres y degustando un buen vino tinto, surgió el siguiente diálogo:
- Me convenciste Chegu, si veo que llego en buenas condiciones físicas te acompaño a Vallecitos.
- Sabía que te prenderías. Vas a ver lo bonito que es el Cordón del Plata y lo singular de la ciudad de Mendoza.
- Quiero tantearme, porque si bien el Tres Picos es algo exigente, me gustaría probar mi rendimiento caminando un par de días para ver mi progreso.
- Ningún problema Claudio. Intentaremos 3 cumbres en 2 días pernoctando en una cuevita espectacular!
- ¿Cuánto me dijiste que era la altitud?
- Dicen los mendocinos que mide alrededor de los 4450msnm y lo vamos escalar al segundo día. Primero haremos La Cadenita.
Las cartas estaban echadas. Si todo anduviera bien con la puesta a punto, nos iríamos a Mendoza a intentar, junto a nuestros maduros sueños juveniles, algo más que una cumbre. El vínculo que habíamos logrado con Heber Orona, y a través de él con sus amigos montañistas, nos facilitaría sobremanera la posibilidad de éxito.
El deseo de “medirse” de Claudio no era descabellado. Caminar un par de días la montaña haciendo noche en ella sin la comodidad propia del hogar le vendría bien para probarse y ver su reacción ante las adversidades que pudieran surgir estando al aire libre.
El asado con amigos y el buen vino era cosa del pasado. Ahora estábamos en plena ejercitación en terreno serrano. El sol pegaba fuerte y nuestra transpiración, en contacto con la suave brisa, nos refrescaba y nos aliviaba, pero teníamos que conseguir agua para hidratarnos convenientemente. Subir la montaña no sólo era empeño y voluntad. Necesitábamos agua para mantener energía y en ese momento se nos estaba agotando. También iba a ser necesaria para consumir en la cueva durante la cena, el desayuno, e indispensable para la marcha del día siguiente.
Habíamos dejado atrás el Cordón de Vacas y nos encontrábamos en plena Pampa de los Guanacos vislumbrando la Naciente del San Diego, entonces hice un alto y le dije a Claudio:
- Bajaremos a las piletas a ver si tenemos la suerte de encontrar agüita fresca.
- ¿Te parece que habrá? Mirá que está todo seco-seco reseco, eh!
- Habitualmente se encuentra, pero no podremos saberlo hasta estar en el lugar.
A pesar de bajar lentamente por lo barrancoso del terreno, en pocos minutos estábamos en el piletón formado al pie de una pequeña garganta que contenía agua, escasa y estancada. Pero un chorrillo flaco y pobre que bajaba por los desniveles de la pared rocosa se delataba, y de su rítmico golpeteo florecían gotas como si fueran fuegos de artificio.
- Es lo que hay Claudio, pero es suficiente. Cuando el agua potable se hace imperiosamente necesaria para la supervivencia, así venga de una vertiente flaca y pobre como ésta, hallarla tiene mucho más valor que encontrar una mina de oro.
- Chegu... tardaremos un rato para llenar los recipientes pero creo que vale la pena.
- ¡Claro que sí, es agua buenísima! En su recorrido se va nutriendo de minerales aptos para el consumo humano. Atraviesa roquedales y pastizales hasta caer acá cargada de naturaleza pura. Yo, uno de los que siempre la ha bebido, jamás tuve problemas de salud a consecuencia de ello.
El lugar en el que nos encontrábamos era fresco porque el sol le pegaba solamente al amanecer. El hecho de permanecer allí nos daba, en cierta manera, un merecido recreo. Llenamos las cantimploras y el bidón de cinco litros que habíamos transportado vacío con ese fin. Luego bebimos hasta que se nos hinchó el estómago, tanto, que temíamos no poder subir.
- Chegu, ¿Y si no hubiéramos encontrado agua acá arriba que hacíamos?
- Cuando uno elige cierto lugar para pasar una o dos noches, máxime en verano cuando las lluvias escasean, debe saber donde encontrarla, caso contrario se debe traer la suficiente cantidad de antemano. Es importante que el agua nunca falte para evitar la deshidratación y el golpe de calor. En mi caso particular sé y conozco lugares en donde encontrarla. A veces está al alcance de la mano y otras no tanto. Pero es de suma importancia conocer el terreno. Estas montañas, que aparentemente están secas, lo están solamente en su superficie. Sin embargo, gracias al pastizal típico que las cubre, actúan como esponjas y absorben el agua de las lluvias que después van liberando a cuenta gotas. De ahí que en nuestros ríos y arroyos corre el agua constantemente a pesar de que a veces pasan meses sin llover.
- O sea que una norma de seguridad estricta que deberían adoptar los visitantes sería conocer el terreno por el que se va a transitar para saber si van a encontrar agua o no, o de lo contrario llevarla de antemano aunque el peso de la mochila les mortifique la espalda, detalle éste último que todos tratan de evitar, no?
- Sí Claudio, aunque así y todo nunca falta quien se lanza a la "aventura" y después es superado por los acontecimientos y las circunstancias y vive momentos muy desagradables –le dije tratando de ser lacónico.
Allí vinieron a mi mente algunos hechos lamentables que ocurrieron veranos pasados. Creí conveniente contárselos a Claudio:
- En una oportunidad yo había bajado del Tres Picos y me encontraba en La Glorieta tomando unos “mateargos” , entonces observé que un grupo de adultos, hombres y mujeres, se estaba alistando para subir a la Cueva de los Guanacos. Un detalle llamó mi atención: no llevaban suficiente cantidad de agua. Por razones humanitarias creí oportuno advertirle al líder que en los lugares habituales cercanos a la cueva de donde se extraía el agua estaban vacíos. Me miró como si él fuera Reinhold Messner y, “bardeándome”, me dijo que se las arreglarían, que él conocía la zona. Días después me enteré de que quién yo creí era un líder positivo, había hablado por telefonía celular pidiéndole a la encargada de turismo que le entregaran agua “a domicilio” en la cueva.
- ¿Y qué pasó?
- Amablemente se le contestó que había sido advertido de que arriba no encontrarían agua y que si realmente quería la entrega tendría que hacerse cargo del costo del caballo que cargaría el agua más el jinete.
- ¿Entonces…?
- Al no querer pagar no les quedó más remedio que bajar, no pudiendo lograr sus propósitos de estar en la cumbre del Tres Picos. Por supuesto lo hicieron en estado lamentable y al borde de la deshidratación.
- Pagaron caro el precio de la soberbia, Chegu.- No sé si todos pensaban igual. Me gustaría saber que historia les vendió el “guía” al resto de los expedicionarios. A veces, a pesar de mi esfuerzo, no entiendo a la gente. Dos días en la montaña, salvo complicaciones meteorológicas inesperadas, tienen que ser para disfrutarlos al máximo y llevarse consigo uno de los recuerdos más placenteros. El entorno que regala el inmenso escenario serrano hace que los ojos no den a basto para retener miles de detalles, pero los que se graban son para recordarlos toda la vida.

Agustín Moreno.


15 septiembre 2007

Atardeceres de Tornquist.. (Imágenes tomadas por Piti Olague)


El sol hace magia antes del adiós cotidiano. Y Piti Olague, como aquí queda en evidencia, conoce las señales que anticipan el inicio y final de cada acto luminoso.

Más testimonios fotográficos en el blog de Piti Olague, Capturando Luces.

Lo de Crocioni (Por Patricio Eleisegui)


Mil veces pensé en dedicarle unas palabras. Quizás, porque lo que me dijo un amigo hace un buen tiempo ahora cobró real significado. Y también porque, debo decirlo, no pude evitar llevarme una imagen de esa esquina la última vez que visité Sierra de la Ventana; hace poco más de dos meses.

Lo cierto es que ahí estaba: “lo de Crocioni”. En la esquina de San Martín y Galileo Galilei. Como en tantos años. “Eso de ir a comprar a lo de Crocioni... tarda mil años en atenderte. Hasta que te corta el fiambre... te pesa el pan...”, me quejé en 101 oportunidades.

Mi amigo Gastón estaba en la vereda de enfrente: “a mí me parece muy bueno... anota los numeritos. No usa calculadora. Envuelve todo doblando con cuidado el papelito... ‘qué necesitás’. Sin necesidad de correr... todo con cuidado...”.

La despensa de Crocioni olía a galleta de campo y madera. Siempre con la canasta habitada por algún que otro felipe y una especie de alacena a sus espaldas en la que apilaba latas que nunca compré. “Decíle que se lo pago mañana”, me comprometía mi viejo.

Y Crocioni accedía... “¿Tu papá?”, preguntaba a veces. “Está de viaje”, creía gambetearlo. Crocioni la dejaba pasar y cortaba con habilidad de relojero 150 de queso y 150 de salame.

Recuerdo la vereda de cemento con monedas incrustadas... me veo de chico tratando, ingenuamente, de sacar alguna de ese piso inexpugnable...

Un día, Crocioni se sumó al deporte del momento y construyó una cancha de paddle. Justo frente a la esquina de la despensa. Eran épocas de paletazos contra la pared y discusiones con Bobby Del Pino por pelotas que para él siempre eran malas...

Más allá del furor, lo cierto es que Crocioni no apostó todas sus fichas a redes y paredones, sino que siguió, estoico, al frente de su negocio. Y no había domingo de verano que no se lo viera en su reposera peleando por un poco de aire fresco.

En el negocio, todo seguía igual. Incluso esa calcomanía que exhibía la figura de un cerdo que, con delantal de carnicero y entre lágrimas, pesaba chacinados a la sombra de un cartel que decía, precisamente, “Hoy, chorizos”.

Lo cierto es que muchas de esas cosas me hablaron al oído cuando, hace un par de meses, pasé frente a la despensa de Crocioni. Que, casi en sintonía con lo que sucede hoy en Sierra, había cambiado.

Sí: el lugar se había modernizado. Y ya no tenía la tradicional entrada en plena esquina. No señor, ahora a lo de Crocioni se ingresa por la puerta que da a la avenida San Martín. La despensa incorporó carteles de publicidad, sillas en la vereda y hasta un toldo.

¡Mirá lo de Crocioni!, exclamé, con sorpresa. Y reí un poco también... por lo bueno de las cosas que, aunque cambian de peinado, siguen estando en su lugar. El local estaba cerrado... eran poco más de las 2 de la tarde. Sin dudas, había cosas que aún eran iguales.

Al pasar frente a la despensa, recordé las palabras de Gastón. “A mí me gusta que el almacenero corte el papelito... anote los números uno abajo del otro con la lapicera Bic azul... sume de memoria y dos veces para no equivocarse”. Me di cuenta que yo siempre había compartido esa visión... sólo que no me di cuenta hasta un buen tiempo después.

Lamentablemente, mi última visita a Sierra de la Ventana fue tan corta que no pude ver a Crocioni. Ni siquiera de lejos y en su reposera. Obviamente, dudo que él me recuerde (creo que siempre confundió mi nombre con el de mis hermanos).

Pero tengo pensado hacerme una escapada al pueblo en breve. Un día cualquiera. Cruzar la puerta. Buscar con la vista las balanzas anaranjadas. Estrecharle la mano...

Y después pedirle, como hace tanto tiempo, “Crocioni, véndame el pan más blanco”. Y 150 de queso. Y 150 de salame...


14 septiembre 2007

Llegar al pueblo... (Imagen tomada por Andrés Rezzano, de Lomas de Zamora)

Servicio de Bahía Blanca a Estación Constitución, en Buenos Aires. Y la escala en Sierra de la Ventana...

Viajar en turista para cuidar el mango. Se puede fumar. Alguien que toca la guitarra para espantar el frío en invierno. El traqueteo que se detiene al pie de barrancas enanas de arcilla...

La foto es obra y gentileza de Andrés Rezzano, de Lomas de Zamora.


11 septiembre 2007

Miradas conocidas... (Enviada por Agustina Montecino, de Bahía Blanca)

Rostros amigos de Saldungaray y para toda La Comarca... De izquierda a derecha y en orden de cercanía al flash: "Monoto" Davis, Gerardo "Tiyo" Rohlman, Diego "Falucho" Ciava y Gabriel Fontanes.

Los gestos de tiempos de secundario en el Fortín Pavón se mantienen. Basta mirar al "Tiyo" sino... que de seguro algo estaba tramando al momento de ser retratado...

Esta fotografía, tremendamente valiosa para quienes nos debemos un abrazo de años, es un gentil aporte de Agustina Montecino, de Bahía Blanca.


El río que bordea... (Enviada por Carolina Scarfi)

El río Sauce Grande. La Olla... amaga dibujarse adelante. A los pies del campo que se abre en la base del cerro del Amor.

Carolina Scarfi envío esta imagen, que recupera senderos transitados casi de memoria cada verano. Llegar cuanto antes al "arroyo"... en ojotas-zapatillas-bicicletas. Y juntar a los amigos para armar un "Indio al agua"...


05 septiembre 2007

Entre nubes... (Imagen tomada por Gabriela)

Villa Ventana. Concierto de nubes y una tormenta pasajera que perece a manos del sol... La fotografía es gentileza de Gabriela.


Al pie del Ventana... (Enviada por Mariana Rolandi, de Buenos Aires)

Un vistazo del cerro Ventana, casi desde la ruta... La imagen retrata un momento de las últimas vacaciones de invierno. Y es obra y gentileza de Mariana Rolandi, de Buenos Aires.


02 septiembre 2007

Treinta... un 30 de agosto (Por Patricio Eleisegui)

Pudo haber nacido cerro Tres Picos, río Sauce Grande o hierba aromática en El Pantanoso Viejo. Pudo haber sido la mejor metáfora de un manuscrito de Eduardo Galeano o el verso menos ensordecedor del Rey Lagarto. Pero no. Nació hombre: hijo y hermano de la naturaleza, que a fuerza de viento y rocíos en invierno le enseñó cómo hablar de ella sin mover los labios.

Y ese hombre, descendiente desconocido, antes de ser raíz y palabra que alumbra fue un niño que leía libros incomprensibles y, de vez en cuando, se acomodaba el pelo al estilo “New Kids on the Block”. Hablaba de Freud. De la perversión de las masas. Enano de 12 años. Dee-Jay (hay quien dice que fuiste el último “Discjockey”) de El Sótano y garganta modulada en la FM de las Sierras.

Viajes nocturnos a Saldungaray en la zanellita azul. No se podía faltar a ningún asalto. A ningún cumpleaños de 15. Esa zanellita que se quedaba sin luz cada vez que agarrabas un bache en la ruta. Nueve kilómetros en los que corté clavos más de una vez porque vos no veías medio metro. Y a veces te olvidabas los anteojos. También estaba el efecto de todos los tragos, vinos y cervezas que nos habíamos tomado.

Pero llegábamos a salvo. Un día empezaste a caminar las sierras. Y no paraste. Hablabas en otro idioma y nosotros, los plantígrados de siempre, veíamos cómo te alejabas otra vez. Crecías.

Encontraste la poesía en el día a día. Reemplazaste los adjetivos y las metonimias por sandalias y ampollas: te hiciste amigo de un ex Club Hotel que alguien prendió fuego una vez, y saludabas con la cabeza a cada yarará que te cruzabas: lo estabas entendiendo todo.


Un día me fui del pueblo. Otro, volví. Recién me di cuenta que estaba en Sierra de la Ventana cuando toqué el timbre de tu casa y tu vieja me saludó con un “Gastón todavía está durmiendo”. Eran casi las 2 de la tarde.

Nos tomamos un té de cedrón y me hablaste de hierbas aromáticas. Y de un par de libros, escritos por un brasileño, que te habían gustado mucho. Te acompañé en una excursión a El Pantanoso. Ahí eras Gastón Waiman, el guía.

Asados. Y una noche de tormenta eléctrica me confesaste, llorando desconsoladamente, eso que seguías buscando. Pedimos un par de ginebras. Luego, en una cena con amigos, intentaste hipnotizarme en la casa de tu abuela pero el experimento salió mal y terminamos todos asustados. A nadie le gusta que le cuenten en detalle cómo es eso de sentirse solo. Siempre solo...

Nos dimos un fuerte abrazo la noche previa a mi viaje a Buenos Aires. Los dos sabíamos que yo venía para no volver. Me dijiste que podía hacerlo y aquí estamos: con el escudo medio abollado y la espada con poco filo. Pero de pie. Como vos.

Hace poco, hubo un reencuentro después de ¿cuatro años? Te presenté a mi mujer y te conté que de noche sueño con sierras. Y que todavía te veo trepando el Tres Picos en zapatos... los mismos con los que después cursabas 4º año en el Fortín Pavón.

Ahora, esta semana que pasó, cumpliste 30 años. Treinta un treinta. Viviste muchos más... tantos años como los que hoy declara Sierra de la Ventana. Porque, en definitiva, Tonga querido, las cosas son como las conté al principio: hablás la lengua del paisaje sin mover los labios. Y eso te hace roca, madera, agua. Te deja mirar la eternidad... por encima de los hombros del tiempo.


Patricio Eleisegui.

Pd: Un agradecimiento especial a María Sol Waiman, hermana de Gastón, por dejarme reproducir en este post las fotos que aparecen publicadas en su blog Por aquí ya estuve.

Y también a mi mejor amigo,
Darío Lemos, quien desde Puerto Rico envió la imagen en la que aparezco junto a Gastón cuando teníamos 15 años.

01 septiembre 2007

Camino a Garganta Olvidada... (Imagen tomada por Jeroen Van der Heide)


Una postal del trayecto que culmina en Garganta Olvidada... muy cerca del cerro Ventana. Agua que serpentea y huye de la mirada de los curiosos. Mientras se ríe del verano a la sombra de árboles y rocas.

La imagen es obra y gentileza de Jeroen Van der Heide, de Alemania, quien muy amablemente cedió el registro para que sea publicado en este espacio.


30 agosto 2007

Bien hecho...


Una buena que vale por mil. Hoy por la mañana, Clarín publicó esto en su página web: Obligan a cuatro turistas a limpiar enormes graffitis que pintaron en rocas de Sierra de la Ventana

A diferencia de otras oportunidades, esta vez la comuna salió en defensa de lo que -no debería olvidar- es su bien más valioso: el medioambiente.


29 agosto 2007

El arte de la estupidez (Graffitis en el cerro Tres Picos)


El texto a continuación pertenece a Agustín Moreno. Y denuncia algo ocurrido en estos días:

Inexplicable actitud

En lo que parecía ser una ascensión más, de las que uno siempre disfruta con los miles de matices que regala la montaña, esta vez encontré un paisaje distinto. Una de las vistas más bonitas manchada por la mano del hombre. Hombre que, gracias a actitudes como éstas, demuestran que hay grupos de irracionales y bárbaros todavía en nuestros días, y que son quienes no quieren entender en relación a ecología y medio ambiente.

Aun con resabios de la última nevada de agosto, la montaña se brindaba desde tempranas horas iluminada por el sol que, con su implacable energía, seguía derritiendo la manchas blancas de los restos de nieve que se veían en la Pampa de los Guanacos, entre los Cerros Napostá y Tres Picos.

Llegando al punto de encontrarme como si fuera yo el nacimiento del Arroyo San Diego, mirando de noroeste hacia el sudeste, a mil metros sobre el nivel del mar, mi vista, acostumbrada a los colores naturales de la montaña se vio atraída por el color extraño de unas rocas rectangulares de 2x1 metro aproximadamente que se encontraban a cien metros de distancia. Hice el comentario a Federico, mi casual acompañante en esa ascensión y me dirigí raudamente a comprobar -in situ- que estaba pasando.

Un sabor amargo fue mi primera sensación al llegar al pie de las rocas. Acababan de ser pintadas con pintura sintética color rojo intenso y en ellas se leía claramente el nombre o apodos de cuatro seudo montañistas: Dipa; More; Salva y Pollo.La pintura estaba aun fresca por lo que deduje que habían sido graffiteadas en horas de la mañana o en la tarde del día anterior, viernes 17 de Agosto, día del Padre de la Patria. Lamentable coincidencia.


Me crucé con ellos

Cuando le pregunté a Mónica Silva, encargada de turismo de la Estancia Funke que cantidad de personas pernoctaban en la cueva me dijo que eran ocho; un grupo de 4, un grupo de 3 y 1 en solitario. Salvo error u omisión no quedaban dudas de que el culpable de tal atropello no podía ser otro más que el grupo de los cuatro. Y ese número de personas coincidía con las que yo me había cruzado cuando ascendía y ellos bajaban.

Ante tal situación y pensando que ese graffiti podría ser el inicio de una larga cantidad de pintadas hacia la cumbre me, vi en la obligación de informar a Mónica. Nunca mejor a tiempo mi llamado porque justamente ese grupo estaba llegando a la oficina de ella. Le comenté lo que había descubierto con detalles de los nombres o apodos que estaban escritos y coincidían en su mayoría con las primeras sílabas de sus apellidos salvo el pollo.

Le dejé en claro que le seguiría informando con que me encontraría a medida que ascendiera porque mi temor era que encontrara un desastre mayor a medida que siguiera subiendo.

Y lamentablemente no me había equivocado. A partir de esas rocas fue una sucesión de pintadas en el sendero, cada diez o quince metros, sobre las rocas, pastizal e inclusive se dieron el lujo de pintar el agua congelada que caía de las alturas.

Lo único favorable fue encontrar el aerosol completamente vacío en el inicio de la Canaleta de los Guanacos y no ver más pintadas en ningún otro lugar y tampoco en la cumbre.

Al bajar, ese mismo sábado 18 de agosto de 2007, me enteré de la denuncia penal que se llevó a cabo en la Comisaría de Tornquist por la gente de la estancia.

Información

Nunca me hubiese gustado ser partícipe o testigo de actos en contra de la ecología y el medio ambiente, pero ahora, al haberlo -fortuitamente- sido, hago una denuncia social contra individuos como los que dañaron el medio ambiente en el Tres Picos cuyos nombres y apellidos constan en la comisaría de Tornquist, y también denunciaré el hecho ante todas las ONG ambientalistas para que, al menos, se tenga conocimiento de como actúan estos señores y se trate de evitar que sigan haciendo tropelías, y en lo posible, y si cabe legalmente, se les impida el acceso a los Parques Municipales, Provinciales y Nacionales.


Agustín Moreno

25 agosto 2007

Cerca del Tres Picos... (Imagen tomada por Clara y Tomás Riccomagno, de Buenos Aires)

La tarde cae. Y se permite espiar al cerro Tres Picos. La altura más importante de la provincia de Buenos Aires... 1.239 metros de orgullosa estampa.

La imagen es obra y gentileza de Clara y Tomás Riccomagno.

Llegada del 2000... (Enviada por Agustina Montecino, de Bahía Blanca)

El año 2000 llegaba a Sierra de la Ventana. Y el festejo en el pueblo se hizo uno solo... Un testimonio del comienzo de ese año y esa fiesta.

En la imagen, mi hermano, Jonatan Ugarnes, Agustina Montecino, Amalia, Paola Massetti y Nacho. La fotografía es gentileza de Agustina Montecino.


23 agosto 2007

A lo lejos... (Imagen tomada por Sofía Bianchi, de Bahía Blanca)

Una mirada "salvaje" a la estación de trenes de Sierra de la Ventana. Que aparece, casi con tímidez, a lo lejos...

A sus espaldas, el cerro del Amor. La fotografía es gentileza de Sofía Bianchi.


17 agosto 2007

Adiós del día... (Imagen tomada por Marcelo Braz, de Buenos Aires)

Puesta de sol en el cerrito del Amor; uno de los lugares más emblemáticos y visitados de Sierra de la Ventana. Esta imagen increíble es obra y gentileza de Marcelo Braz.


Aquellos años... (Enviada, desde Puerto Rico, por Darío Lemos)

Saldungaray, 1994. Años de secundario en el Instituto Fortín Pavón. Camisas celestes, blazers azules, corbatas rojas y pantalones grises (luego, jeans). Metallica...

Años de viajar en el colectivo de Robin Valles. Superar los apenas 9 kilómetros que separan a Sierra de la Ventana de Saldungaray (Yo vivía en Sierra, pero iba al secundario de "Saldunga"). Combinar rateadas que algún día prometo contar en profundidad...

En la imagen, el patio de la casa de mi mejor amigo, Darío Lemos, hoy radicado en Puerto Rico (y maduro padre de familia).

Las personalidades, de izquierda a derecha. Parados: Darío Lemos, Patricio Eleisegui, Juan Manuel Lemos (hoy, a punto de ser papá), y Shane Petrollece (actualmente, de vuelta en su patria EE.UU. y también maduro padre de familia).

Agachados: Ricardo "Tartu" Tartuferri, Raúl (esposo de la madre de Darío y Juan; hombre bueno si los hay...), El Mostro (perro), Eduardo, y Mauricio Costa.

La imagen tiene 13 años. Y hoy puedo decir que, salvo en algunos casos, el tiempo no ha pasado. Como grandes y verdaderos amigos-hermanos, todavía peleamos por ponerle fin a los abrazos pendientes...

A veces podemos. A veces no. Pero seguimos luchando por no perder la memoria de aquellos años en los que nos entendíamos con una mirada.

Días en los que sabíamos que en cada hora de amistad transcurrida había algo que, también callado la boca, nos estaba uniendo para siempre...


Zorrito... (Imagen tomada por Ezequiel Rugiero, de Monte Grande)



Disimulando la cacería. El zorro trata de disfrazar la astucia...

Aquí, uno de los ejemplares que todavía suelen merodear los campos y rutas de Sierra de la Ventana.

La fotografía es obra y gentileza de Ezequiel Rugiero.


15 agosto 2007

Ríos de roca y madera en "La Nueva Provincia" de Bahía Blanca...

Hoy, 15 de agosto, el diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca publicó un artículo dando cuenta de gran parte de lo que sucede en éste, nuestro Blog de Sierra de la Ventana.

Pueden acceder al artículo completo haciendo clic aquí: La Nueva Provincia.

Qué decir... además del agradecimiento por la referencia, mi día transcurrió aferrado a la ilusión de que todos ustedes, parte vital de este espacio, vivieron la novedad con la misma alegría que la exhibida por quien aquí les escribe.

Encontrarme con esa nota fue, para mí, un pasito. Lo sentí como una manera “serrana” de hacernos escuchar como hijos, amigos, hermanos, vecinos, visitantes de un lugar único. Nuestro. Que nos identifica y nos une.

Por eso mismo, en pocas palabras, quería expresar mi agradecimiento a todos ustedes. A los que envían sus fotos y sus escritos para que sean publicados. A los que me mandan emails conmovedores y repletos de palabras de aliento. A los que, desde todas partes, dan vida a este portal con sus visitas...

Gracias... Y no olviden que ya somos una comunidad. Sí. Aquí. También en internet. Y todo es obra de ustedes...

Patricio Eleisegui.


11 agosto 2007

Luna creciente... (Imagen tomada por Rolando, de Buenos Aires)


Una toma increíble de la luna en llamas sobre las sierras. Tropecé de casualidad con este registro, en una de mis clásicas travesías desordenadas a través de la web. Y no pude más que intentar contactar al creador de la obra para, permiso mediante, reproducir la foto en este portal.

Para mí fortuna, no hubo inconvenientes. Obviamente, todo el agradecimiento para el amigo Rolando, de Buenos Aires, que cedió este material para que resulte publicado en el blog.


Pinturas rupestres inéditas... (Video gentileza de Piti Olague)

Un aporte por demás de valioso de mi amigo Piti Olague, de Tornquist. A continuación, el comentario que el mismo Piti hace sobre este video en su blog Capturando Luces:

"Son pinturas rupestres dejadas por los primitivos habitantes de estas tierras de las Sierras de la Ventana, se encuentran en una estancia cerca de Saldungaray, y por ende, el acceso público es restringido, estando de esta manera, protegidas, porque lamentablemente de ser de otra manera, el futuro de estas reliquias sería incierto.

"Como se comenta en el video, son de las más, sino, las más ricas en cantidad de dibujos y colores".

"Para los excépticos que pueden llegar a dudar, les comento que se encuentran en una cueva muy poco visitada, a grosso modo me atrevo a estimar entre 10 a 20 visitas anuales, contando los allegados a los dueños del campo, los que repiten, y los invitados, como yo ese fin de semana".



10 agosto 2007

Pájaro carpintero... (Imagen tomada por Nacho y Caro, de Bariloche)

Una de las especies más bellas de la Comarca de Sierra de la Ventana. Arisco como pocos, suele vérselo en nutridas bandadas. Y a la caza de cualquier gusano que ande cerca...

Esta bella imagen es gentileza de Nacho y Caro, de Tierra Mágica Bariloche.

04 agosto 2007

La escuela Nº 6 Juan Bautista Alberdi (Por Patricio Eleisegui)

Durante mi visita del mes pasado a Sierra de la Ventana sentí como necesidad volver a algunos de los lugares que más fuertemente quedaron marcados en mi memoria. Y que promovieron historias y aventuras que todavía hoy afloran; incluso en momentos impensados.

De estos sitios, la escuela Nº 6, mi primaria, sigue siendo uno de los principales, aun cuando el lugar ahora sea más grande. Y haya cambiado tanto respecto de la vez que por primera vez pisé su escalera y, casi al instante, Miriam De la Torre –maestra de 2º grado por entonces– frenó a un chico que corría alocadamente por el patio para que me muestre las instalaciones.

Ese pibe (no podía imaginarlo) terminaría siendo mi mejor amigo de la primaria. Emiliano Fernández. El Negro. Todo transpirado, apenas si me miró dos veces antes de servirme de guía. A los pocos días, descubrí que quería darme una paliza en complicidad con otros compañeros de grado. Claro, yo era el nuevo...

“Tenemos que agarrar a Patricio”, dijo el muy ladino, mientras le sacaba punta a su lápiz negro. “¿Ah, sí?”, contesté. Negro, ¿cómo no te avivaste que yo me sentaba justo al lado del cesto donde vos pelabas al pobre lápiz con el cuchillito tucán?

A partir de ahí no tuviste más remedio que hacerte amigo mío. Vos corrías más rápido que yo, pero eras mucho más duro jugando a la pelota. Y te la pasabas dando vueltas en esa bendita bicicleta de carrera azul que me costó más de un golpe ahí abajo cada vez que me la prestabas.

Todo en la escuela Nº 6. La misma que me volvió a enturbiar la mirada hace escasas semanas, cuando le mostré el lugar a mi mujer por primera vez (que, debo aclararlo, fue quien tomó las fotografías que aquí publico).

La galería sigue siendo la misma... los calefactores. El piso encerado en el que derrapé la vez que terminé en la sala de primeros auxilios por un corte profundo bajo la pera. Todavía guardo la cicatriz.

Ya no está el escenario de bloques -cubierto con esa suerte de alfombra morada- sobre el que reposaban todos los actos escolares. El recitado/canción patria que no nos salía (“Yo quiero ser granadero...”, dije una vez, en pleno 17 de agosto. Y me olvidé el resto. Todo el mundo aguardó minutos infinitos por una oración que no llegaba. Mi vieja no sabía dónde meterse...).

Tampoco está la cancha de básquet en la que metí un golazo casi de mitad de cancha en un partido contra el 4º de Gonzalo Reyes, Federico Caballero, Esteban Simon, el Tapa Massetti y compañía. La misma en la que, con Miguel Bauer y René Puhl, pintamos un mural horrible, basado en una suerte de Mazinger Z incongruente jugando al básquet. Espeluznante.

En mi último reencuentro pensé en todos esos momentos. En cómo las cosas adoptan nuevos perfiles. Cambian de rostro y de ropa. Te tratan de usted y te construyen una empalizada de ladrillos y alambre donde antes había una vista al río...

También pensé en cómo algunas de esas cosas son, en definitiva, un antojo de la imaginación. Y aunque costó al principio, puede volver a verme a los 5 años tomando coraje para entrar a la escuela nueva. Yo recién llegaba al pueblo. El Negro disparando. Los guardapolvos blancos porque recién era lunes.

Vi la cancha de básquet antes del mural. Los pasamanos rojos. El mástil y el arenero (en el que se definían interminables recreos de agarradas “varones contra mujeres”) del que fuera el jardín de infantes al que asistieron mis hermanos. Alguien pateaba muy alto la pelota y la mandaba al fondo de la panadería Switzerland...



Miré a través del vidrio de la galería y di otra vez con mis compañeros patinando en el piso encerado. Alguien había restaurado el escenario de actos para mí. Nuevamente, los padres. Del Tonga. Del Negro. De Lorena. De María de la Paz. Del Bobby. Del Agui. Del Jechu Montero. De Ariel. De todos. 17 de agosto. Mi vieja y el corte de pelo Carlitos Balá que me habían hecho casi para la ocasión

“Yo quiero ser granadero...”. Silencio. “Yo quiero ser granadero...”. Silencio. “Yo quiero ser granadero, tener mi sable y morrión... Y marchar por donde marcha, mi sagrado corazón”. Ahora sí me salió...


Otra mirada aérea... (Enviada por Raúl Pérez Santellán)

Nueva panorámica aérea de Sierra de la Ventana. Desde el barrio Golf hasta Valle Hermoso... La avenida San Martín. El puente negro. El Hotel Provincial... es tan fácil verlo todo...

La foto es gentileza de Raúl Pérez Santellán, quien ya nos había remitido otra imagen desde el aire. Pueden visualizarla aquí.


02 agosto 2007

Dibujos en el cielo... (Imagen tomada por Florencia Rodríguez Daniel)

Cercanías de Tornquist. Las nubes que juegan a su antojo con las tonalidades que propone un sol lejano. El registro es obra de Florencia Rodríguez Daniel.


Convoy... (Imagen tomada por Cecilia Nuñez)

Tren que desafía las alturas. Y el silencio de los cerros antes de llegar a Sierra de la Ventana...

Alguien me preguntó una vez cuál es la mejor forma de llegar al pueblo. Yo sólo pude pensar en el traqueteo de los rieles...

La imagen es gentileza de Cecilia Nuñez, dueña del blog "...si no vuelvo, escribo...".


28 julio 2007

Desafío a la vida... (Imágenes tomadas por Ricardo Caba, de Villa La Angostura)


En la imagen, el portal de ingreso al cementerio de Saldungaray. La obra pertenece a Francisco Salamone, un arquitecto de origen italiano que entre 1936 y 1940 levantó alrededor de 60 edificios en más de 20 municipios de la provincia de Buenos Aires.

Amparado en ciertos beneficios políticos devenidos de su amistad con el conservador Manuel Fresco –gobernador de la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1940, justamente– Salamone llevó a cabo emprendimientos como los palacios municipales de Coronel Pringles y Carhué, y distintos mataderos que edificó también en territorio bonaerense.

Para varios autores su obra es una de las manifestaciones mejor logradas del estilo Art Déco, aunque también se le reconocen influencias del Futurismo italiano (expresión artística que, basada en la exaltación de la técnica y los valores bélicos, fue adoptada por el fascismo de Mussolini como estandarte cultural) y la escuela Bauhaus alemana.

Las fotografías que aquí dan cuenta del cementerio de Saldungaray pertenecen a Ricardo Caba, quien gentilmente cedió el material para que resulte publicado en este blog.

En el caso de la imagen inferior, puede apreciarse como a los lejos el cerro Tres Picos suma un pico más... y eso permite explicar por qué en esa localidad algunos se refieren a la elevación como, precisamente, “Cuatro Picos”.


Ocaso de Tres Picos... (Imagen enviada por Nicolás Villa)

Otro ocaso de brillos y rocas imponentes. El cerro Tres Picos vigila la llegada de la noche en esta fotografía tomada por Carlos Villa.


27 julio 2007

Desde el cerrito... (Enviada por María Sol Waiman)

El sol se duerme... a los ojos del cerro del Amor. Atardecer en Sierra de la Ventana. La imagen es obra y gentileza de María Sol y Gastón Waiman.


22 julio 2007

Entre dos tierras (Imágenes tomadas por Carla Serafini)



Dos postales de mi viaje a Sierra de la Ventana hace escasas semanas (feriado del 9 de julio, para ser más exacto). Arriba, una toma del Tres Picos capturada desde la cima del cerro del Amor.

En la imagen de abajo, la calle Bahía Blanca (tomada desde la intersección con Drago, a metros del Hotel Provincial). A la izquierda puede verse la casa de Chely Dolera.

Para ubicarnos mejor: sobre esta senda también están la inmobiliaria Prokom de Oscar Kaltenbach (en la foto, a la derecha, oculta entre los árboles) y, ya en la vereda opuesta, la casa del doctor Ricardo Perriello.

Al final de la calle aparece, tenue, la avenida San Martín.

Las fotografías son obra de mi mujer, Carla Serafini, y pueden acceder a más registros de Sierra en su blog, Incoherente Colectivo.

Humor minero

El "NO" a la minería en la Comarca de Sierra de la Ventana no podía no estar presente en este espacio. La propuesta humorística "con un poco de cianuro" pertenece a los amigos de Vecinos Autoconvocados de Villa Ventana...

14 julio 2007

Lago helado... (Imágenes tomadas por Piti Olague)





Noche del pasado 9 de julio. Frío implacable que todo lo congela... Incluso el lago de la plaza central de Tornquist, ciudad cabecera de la Comarca de Sierra de la Ventana.

Este registro de absoluta belleza es obra del fotógrafo Piti Olague, quien amablemente cedió el material para que sea publicado aquí. Más fotografías de este acontecimiento en su blog, Capturando Luces.

Mountain Bike... (Imagen tomada por Fabiano Goldoni, de Brasil)

Una deporte que amenaza volverse una tradición en Sierra de la Ventana: el Mountain bike... La toma, en esta ocasión, es obra de Fabiano Goldoni, de Brasil.


Fitito... (Imagen tomada por Gabriela)


Villa Ventana. Un "bolita" rojo desafía el blanco y negro serrano. La fotografía es gentileza de Gabriela.

06 julio 2007

Viento y ocaso (Imagen tomada por Clara y Tomás Riccomagno, de Buenos Aires)

Estancia Funke... El viento que saluda otro ocaso. Esta impactante fotografía es obra y gentileza de Tomás y Clara Riccomagno.

05 julio 2007

De alas y pétalos (Imagen tomada por Pablo Damonte)

Sol en la tierra. Zumbidos de polen compartido... La imagen es gentileza del fotógrafo Pablo Damonte, radicado en Galicia, España.

Puente blanco (Imagen tomada por Victoria Fernández, de Merlo)


Última curva previa... Puente blanco. La entrada a Sierra de la Ventana ya es un sueño despierto. La foto, obra y gentileza de Victoria Fernández.

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