31 marzo 2007

Cómo romper un vidrio frente a la comisaría (y ser capturado en el intento) –Por Patricio Eleisegui

Año 1989, según mis cálculos. Tarde de juegos y “achurías” con Emiliano Fernández (“Negro”) Francisco Del Pino (“Bobby”) y Hugo Tucker (El “Agui”, o sea) Luego de habernos juntado, tras el almuerzo, en la puerta de Melín (el super de Medrano) con los chicos decidimos que era un buen día para salir de exploración por el barrio Golf.

Obviamente, con nuestros 11 años funcionando a pleno lo primero que se nos cruzaba por la cabeza (“Marote”, diría Emiliano) era encontrar algún que otro frutal para pelarlo, o la posibilidad de meternos con las bicicletas en la cancha de Golf sin que nadie nos agarre.

Volvíamos ya de cometer la bendita intromisión en la cancha cuando, tras cruzar la vía por el caminito que se abre a la izquierda de la sede del Club –franqueado por una casa ferroviaria y cercano a un pequeño puente negro que, en curva, cruza el río– dimos con las espaldas de la comisaría.

Recuerdo que eran casi las 5 de la tarde, y yo tenía que pasar a buscar a Alan por el jardín, que por aquel entonces funcionaba en el edificio lindante con la Escuela Nº 6 –y en el cual operó por un buen tiempo la biblioteca municipal (Sara Bellabarba era una de las encargadas del lugar)– cuando nos topamos con una pequeña flota de coches y camiones semi desarmados situados al frente de la unidad policial.

Faltaban unos minutos para la salida del jardín así que, como tonteando, nos pusimos a revisar los autos que yacían en el lugar... Para qué... dimos con un camión que, aunque totalmente desmantelado, todavía conservaba intacta la luneta trasera...

Charlábamos sobre qué hacer con el dichoso camión cuando Bobby lanzó la primera piedra... que atravesó el vidrio. Y luego vinieron uno, dos, tres, quinientos proyectiles que fueron y vinieron a través del cristal ya perforado. En un momento, no tuve mejor idea que pronunciar un “mirá cómo lo part...”. Vale decirlo: no pude completar la frase.

A lo lejos, y saludando con un amargo “¡qué hacen!”, se presentó ante nosotros un policía: el Negro Muñoz.

“Nada, estábamos jugando”, respondió, rápido, Bobby Del Pino. “No, no, no: a mí no me vengan con esa”, siguió Muñoz. “Es cierto, estábamos acá, mirando”, trató de convencer Emiliano. “Vamos, vengan para adentro...”, ordenó el policía, y giró sobre sus talones. “Pero... yo tengo que ir a buscar a mi hermanito al jardín...”, tiré al voleo. “No, vamos para adentro, vamos...”, siguió.

Resultado: terminamos sentados en el hall de la comisaría mientras Muñoz tomaba nuestros datos con una antidiluviana máquina de escribir. “¿Y vos de quién sos?”, era la pregunta obligada. “¿Así que sos hijo de Fernández, el veterinario?”. “¿Y vos de Ugarnes?”. En un momento, llegó otro agente: Agustín Giménez. “Van a tener que pasar la noche acá”, comentó en la primera de cambio. “Andá y abríles el calabozo”, agregó.

Bastó escuchar el mínimo chirrido de una reja para, los cuatro, empezar a llorar como unos desgraciados. “¡No nos dejen acá!”, “¡Por favor!”, “¡Estábamos jugando!”, “¡Mi viejo me mata!”, fue la andanada de frases que se nos escaparon entre sollozo y sollozo.

Seguros del susto que nos habían dado, Muñoz y Giménez decidieron dar el golpe final: “Ahora váyanse a sus casas... que a las 18.30 pasará un patrullero por sus casas para hablar de esto con cada uno de sus padres”, fue la despedida.

Recuerdo el tranco apurado, tras haber pasado a buscar a Alan. El trotecito hasta casa por caminitos de piedras sueltas y pajas vizcacheras, allá arriba, cerca de lo del Dr. Pugliese. Cada uno por su lado. Asustados. Y llegaron las 6 de la tarde. El televisor sintonizando Telenueva Canal 9. Los Thundercats...

Mi vieja preguntando “¿por dónde anduvieron con los chicos?”. Y yo parado contra el ventanal... mirando hacia la esquina... dibujando en el aire el patrullero con Muñoz al volante. “Marta, tu hijo rompió...”. El quilombo en casa. “La que me espera”.

Se hicieron las 18.30. Las 7 de la tarde. las 7 y media. Las 8. Y el auto no vino. “Por ahí se olvidaron”, “Lo dejaron para mañana”, “Capaz que anotaron mal la dirección”. La calle Huanguelén tampoco era tan fácil de ubicar en un pueblo prácticamente sin señalizar...

Lo cierto es que el auto nunca llegó. Y ya han pasado casi 18 años desde aquel suceso...

Ahora, mientras charló con mi novia sobre el tiempo transcurrido, al cobijo de un cielo gris, en Caballito, Buenos Aires, no puedo evitar –obviamente, sin pronunciar palabra– acercarme otra vez a la ventana. Mirar de manera disimulada hacia un lado y el otro. Tratar de ubicar con los ojos la esquina de Eduardo Acevedo y Yerbal. Buscar. Imaginar. Para luego respirar tranquilo...

Y caer en la certeza de que no hay ningún patrullero en dirección a mi casa. No. Ya no tengo que temer el diálogo entre Muñoz, Giménez y mis viejos. La reacción de mi mamá. El “por una semana no salís a jugar”. La típica “no quiero que te juntes más con...”. No hay por qué tener miedo. Lo único malo; sin dudas lo peor de todo, es que ya no dan los Thundercats...

Ya no los dan...

2 comentarios:

Natalia dijo...

"El único país es la infancia", leí alguna vez. Gracias por rescatarlo.
Aunque el escenario cambie permanentemente.

Piti Olague dijo...

No habia leido este relato, me parecio muy lindo y transportador a mis dias felices.

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