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02 julio 2010

Pesebre... (Enviada, desde Carhué, por Marta Eleisegui)




El pesebre viviente que nunca falta en la celebración de Reyes Magos que, desde hace un tiempo bajo el status de "fiesta provincial", se realiza todos los años en Sierra de la Ventana.

En este caso, una foto de la primera parte de los años 90.

Esas caras, de niños y niñas hoy hombres y mujeres, que más de una vez entraron y salieron de mi casa, discutieron por un penal mal cobrado en la canchita de la colonia de vacaciones, o empujaron al agua a algún desprevenido en el dique o en las piletas municipales, tienen nombre y apellido: de izquierda a derecha, Ezequiel Valles, Licina Reyes, mi hermano, Alan Ugarnes, y Francisco "Paco" Sánchez.

18 diciembre 2009

La Negra... (Foto gentileza FM Reflejos)


Conocer más de lo que se cree. A veces las cosas son así, aunque la persona conscientemente no lo sepa. Uno se pone a recordar y de pronto comprende que lo que parece poco es demasiado.

Y así vuelven los juegos de la niñez. Años y años. Y años. La primaria. La pileta en el verano. El secundario en el Fortín Pavón de Saldungaray. Mil y un viajes en el colectivo de Robin Valles. Ser el gran amigo de un hermano. El empleado transitorio de una mamá.

Ayer, 17 de diciembre, un mensaje de texto interrumpió el tiempo a mi alrededor. De pronto, la redacción del diario para el que trabajo se hizo un silencio inmenso que no fue de nadie. Sólo mío.

Mi mamá, ya no desde Sierra de la Ventana sino desde Carhué, me avisaba como podía que Karina Tartuferri había muerto. Treinta y tres años. Embarazada y con una niña de apenas 4 años. ¿Qué decir?

El resto del día fue tristeza y recuerdo. Fue pensar cuánto conocía de Karina, y suponer que realmente era bastante poco. Me esforcé por comprobar si eso era así realmente.

Y la tarde me sorprendió caminando bajo el calor de Buenos Aires por calles en las que rememoré los momentos compartidos con la hermana de Ricardo, mi querido “Tartu”, a lo largo de los años.

Volvieron los recreos en la escuela Nº 6, y Karina jugando al matasapos con María Amalia Fernández, Yanina Piergentili, Marcelo Contreras, Lelo Beli y Diego Llanos, entre otros.

El verano y las piletas. Nadaba bien. Karina y su perro “Ojos azules”, aunque la mascota tenía una mirada entre marrón y amarillenta. ¿Por qué se llama “Ojos azules” si no tiene los ojos azules?, le pregunté una vez. Porque le pusimos así.

Fin.

Pelo corto y mirada de rayo. Karina mostraba el carácter más bravo cuando era chica. Un día alguien le dijo “negra”. Y a partir de ahí fue “La Negra”. Siempre en bicicleta y a las risas.

Luego, en el secundario, fue verla con su guardapolvos subiéndose a ese colectivo de Robin que un día se prendió fuego. Pasar a buscar al “Tartu” y encontrarla en su casa, aunque siempre entrando y saliendo.

No siempre fui escritor y periodista. Una vez fui vendedor y repartidor de facturas y pasteles. Las mejores facturas y pasteles de Sierra de la Ventana. Las que hacía Delia, la mamá de Karina, que durante meses me tuvo como cadete motorizado los fines de semana.

Delia, la amiga de mamá. Delia, y la lucha al lado del horno en pleno verano. Delia y los Le Mans suaves largos. Delia, los mates y sus consejos. Entrar y salir con la moto, pasar el pedido, poner los paquetes en el canasto y acelerar a través de calles vestidas de piedras y pozos.

Y ahí también estaba Karina. Al igual que detrás del mostrador de la panadería Switzerland, como me la encontré un día. Años más tarde, cuando ya me había ido de Sierra, me enteré que había sido mamá.

Fueron una, dos, mil situaciones compartidas en un pueblo que durante nuestra infancia y adolescencia no tenía más de 900 habitantes.

Hoy todo es distinto. El pueblo. La vida. Uno mismo. Ayer murió Karina Tartuferri y con ella, como se lo comentaba a mi novia en plena noche, sentí que también se fue una parte de mi historia. De la de Sierra de la Ventana. Como una estrella que estalla para siempre en el cielo.

Esa sensación, por fortuna, duró sólo un momento. Volví a atravesar los años con el pensamiento. Rememoré cada situación. Conozco a Karina más de lo que pensaba. Claro que sí. La hermana del “Tartu”, un amigo como pocos. La hija de Delia y Miguel. Esa estrella que estalla, pero no se apaga.

Que se hace una sola luz. Para perdurar por siempre.


14 diciembre 2009

También en Sierra ¡Banfield campeón! (Imágenes y texto enviados por Arnaldo Botto)


Minutos después de finalizado el partido frente a Boca Juniors en la "Bombonera" y conocido ya el resultado final en Rosario, que coronaba Campeón del Apertura 2009 a Banfield, los hinchas del “Taladro” salieron a festejar por las calles de Sierra de la Ventana.

Algunos acompañaron aunque nunca fueron hinchas del club, pero el festejo acopló a muchos que salieron a las calles a saludar y reconocer a los pocos y sufridos que siguieron al “Taladro” durante toda su vida sin haber podido darse el gusto y satisfacción de verlo campeón.

En las fotografías: Roberto Contreras, Elda Freije, Facundo Botto, Mateo Botto, Arnaldo Botto, Diego Mutti, "Bebe" Gonzalez, Paulino Esmoli, Ayelen Mutti y Rosa Ana Di Bella.


25 julio 2009

El doctor Pugliese




Ayer viernes, como tantas otras veces, una historia cambió de forma para volverse otra. Un capítulo nuevo. Nunca un final. Ayer Sierra de la Ventana perdió a uno de sus ciudadanos más queridos. También, de los más emblemáticos.

El viernes 24 de julio de 2009 quedará como el día en que falleció el doctor Julio Pugliese. Y nació otra cosa: el legado de un hombre que desde su rol de sanador, político, vecino y amigo aportó toda su sabiduría y honestidad para hacer de toda la Comarca un lugar más elevado.

Sin dudas, escribir sobre estos acontecimientos resulta siempre complicado. En la memoria quedan momentos de la infancia entre pastizales y trampas para cazar perdices. Quedan las iguanas correteando en los terrenos pegados a la casa del doctor Pugliese.

Queda la amabilidad de su mujer, Tatana. Queda la imagen del hombre más correcto al momento de tratar a otra persona. El peinado impecable. La tranquilidad para lidiar con chicos infernales simulando la gripe más violenta con tal de faltar a la escuela.

Quedan las palabras de Emiliano Fernández, mi mejor amigo de la primaria, avisándome desde un punto de la Patagonia y por mensaje de texto: "Che, se murió Julio Pugliese. Una tristeza muy grande".

Y yo diciéndole: "Negro, ¿te acordás que cuando Argentina le ganó a Italia en el Mundial 90 lo llamamos por teléfono para hacerle una broma, y que cuando atendió le gritamos: Vamos Argentina?"

Emiliano, como siempre, resumió todo con nobleza: "Sí... todavía no lo puedo creer. Lo conozco desde que tengo uso de razón".

Y es cierto. Lo conoce. Lo conozco. Lo conocemos. En presente. Como hasta ahora, pero más desde ayer: así será para siempre.

Gracias. Gracias, doctor Pugliese.

17 junio 2009

Yaka (Por Patricio Eleisegui)



Vi que se preparaba para bajarme y ahí nomás decidí enganchar para adentro con la zurda. Todo en velocidad. Vértice derecho del área grande. El Yaka, en su rol de Enrique Hrabina serrano, me salió con las dos piernas para adelante pero yo estuve más rápido. Y lo gambeteé un segundo antes. Seguí con la pelota y él se hizo invisible en medio de una nube de tierra.

No recuerdo cómo terminó la jugada. Probablemente la tiré afuera. Pero lo cierto es que el Yaka fue cómplice en el que fue –sospecho– el mejor dribbling de mi historia. Una historia breve, claro, pero significativa. Como la de muchos.

¿De dónde venía lo de Yaka? Más claro echarle agua: de la serie de televisión Shaka Zulu. Esa que en los 80 copaba la pantalla del bahiense Canal 9 Telenueva. La historia del jefe tribal africano que a principios del siglo XIX pusiera contra las cuerdas a los británicos. Nuestro Yaka era el negro con el que nadie quería pelearse. Serio. Duro. Fortachón. Para el fútbol... áspero como pata de langosta, diría un amigo.

A la par de esos músculos que el Yaka entrenaba a base de pesas caseras, armadas con fierros desbalanceados, palos de escobillón, y ejercicios sacados de una revista o del comentario de un conocido, el tipo desarrollaba un sentido de la nobleza que lo volvía uno de los amigos más valiosos. De los personajes más queribles del pueblo. Así como resaltaba por lo serio, también lo hacía (y seguro lo hace todavía) por su carcajada.

Pero no todo era mérito del Yaka. Eso lo supimos con el tiempo. La clave estaba en esa casa allá arriba, en San Bernardo. En ese pedazo del barrio donde la calle se hace sierra y el viento es un látigo que castiga sin descanso. En verano y en invierno. Lo de buen tipo le venía de sus viejos. De Delia, madraza y laburante incansable. De Roberto, paisano recio de la estancia Esmeralda y peronista de esos que toman la palabra en los asados para desatar la más encendida de las discusiones.

El Yaka aprendió. Y nosotros, los que compartimos con él desde los recreos en la Escuela Nº6 hasta los picados en la cancha de Villa La Arcadia y las tiradas de cabeza en el dique, también aprendimos con él. Por eso estas líneas. La gambeta que sigue siendo genial en el tiempo. El Yaka destapando una Quilmes con los dientes en vez de usar el culo del encendedor...

Hoy, 17 de junio de 2009, un periodista amigo me comenta que “acaban de avisar que murió el viejo Maidana, papá del Yaka”. Roberto. El gaucho flaco de la barba candado. De ahí el recuerdo. Como una forma de estar cerca de aquellos a los que uno les debe tanto. Superar las distancias para que llegue el abrazo. El pésame.

Porque en ésta, en la complicada, volvemos a estar todos. Porque con la muerte de uno de los tuyos, Yaka querido, también se muere uno de los míos. Uno de todos. Parte de la mejor historia. Parte de Sierra de la Ventana...

28 mayo 2009

Deportivo Cardo y Gramilla (Imagen enviada por Guillermo Piergentili)


Sí señor: Caras y años imborrables. La foto (clic sobre la imagen para verla en grande), remitida por Guillermo Piergentili, viene además con un comentario imperdible de quien la envía:

"La siguiente foto fue sacada por el año 2000 o 2001, en la vieja cancha de Villa La Arcadia."

"Parados, de izquierda a derecha: Raúl Caballero, Esteban, Roberto Suarez, El Corcho Massetti, Colo Piergentili, Gino Albanese, Diego Hoyos, Fabian, Ezequiel Valles, Negro Lafite y Juampi Casuhati."

"Agachados, de izquierda a derecha: Alan Ugarnes (Comentario extra: hermano del autor de este blog), Emmanuel Grenz, Darío Gula González, Bruno, El Kia, Matías González y el Zorro Arias."

30 junio 2008

“Ceto” inolvidable: Atlético Ventana cumplió 80 años... (Datos tomados del portal Noticias Tornquist)


Cómo no hablar del club del pueblo... Si se trata de la primera institución deportiva, la más emblemática, de todas las que intentó tener la localidad. Un sueño que asomó el 10 de junio de 1928 a la sombra de tonalidades como el rojo, blanco y azul.

¿Francia a orillas del Sauce Grande? Nada más lejano. Nada más pintoresco.

Como bien lo testimonia la reseña publicada en el portal Noticias Tornquist, un joven Atlético Ventana compitió durante sus primeros años de pelotazos en los palos y victorias a pocos segundos del pitazo final en la liga de fútbol de Coronel Pringles. Y, como debe ser, tuvo su gran archirrival: el club Porteño de Saldungaray.

Pasó el tiempo, la gesta deportiva y el ocaso –menos cercano a lo futbolístico, más próximo a lo turbio que suele suceder fuera del terreno de juego– que tuvo su gol en contra, sobre la hora y en offside, con el remate de la cancha que el club utilizaba en Villa La Arcadia.

La venta ocurrió una fría mañana de julio. Hubo lugar para un comprador, martillos de remate en descenso inapelable, y lágrimas: las de Humberto Cetolini (el movedizo “Ceto”), Florindo Reyes, Ángel Cardoso, y varios de los ex jugadores del club. Se loteó el terreno, que hoy ya exhibe un grupo de cabañas que nada entiende de redes infladas y pasiones con sabor a penal bien cobrado.

“Pero no pasó mucho tiempo y allí andaba otra vez el inquieto e incansable “Ceto” moviendo cielo y tierra para volver a tener un lugar, una cancha de fútbol, porque el club no podía ni debía morir jamás”, señala el artículo de Noticias Tornquist.

La gestión de Cetolini –fiel compinche de mi madre en los tiempos bravos del alfonsinismo– no fue en vano: ubicó un predio de 3.000 metros cuadrados en Valle Hermoso y luego se hizo con el comodato de una hectárea y media situada en cercanías de la colonia Agustín de Arrieta.

Atlético Ventana volvió a tener cancha en 2007, pero el esfuerzo por devolver al espíritu serrano uno de sus emblemas se cobró la vida del luchador más aguerrido: Humberto Cetolini fallecía a los 77 años, pocos meses antes de que la pelota volviera a rodar por el flamante terreno de juego.

Pero el dolor por la pérdida de Cetolini en lugar de menguar las fuerzas de quienes pugnaban por recuperar el lugar de Atlético Ventana surtió un efecto contrario: en cuestión de meses florecieron el campo de juego, el mástil, la asamblea que volvería a darle socios a una institución casi invisible hasta ese momento. También se eligió presidente: César Nuccelli.

“Estos 80 años nos encuentran en un período de franca expansión, muy contentos con la gente. Además de la escuelita de fútbol empiezan con una escuela de hockey que ya cuenta con mas de 40 alumnas, lo que nos motivo a trasladar las practicas del predio de Valle Hermoso a la cancha que está en el centro”, comentó el titular de la entidad a la fuente mencionada.

Igualmente, la resurrección de Atlético Ventana no se limita sólo a un terreno de juego y la expansión en cuanto a cantidad socios. Muy por el contrario, quienes conducen los destinos del club impulsan la construcción de la sede social de la institución, que ocupará un edificio de dos plantas emplazado sobre una superficie de 300 metros cuadrados.

¿Para cuándo estarán funcionando las instalaciones? Noviembre de este año, alegan los más optimistas. Con relación a la actividad del club, Nuccelli concluyó: “La convocatoria de socios va muy bien, ya tenemos más de 100 y eso va ayudando a las actividades que se dan, compramos palos de hockey y otras cosas que se consiguen también con donaciones”.

27 mayo 2008

25 de mayo en Sierra de la Ventana (Gentileza portal Noticias Tornquist)

Sierra también tuvo su festejo del 25 de mayo. A continuación, una breve reseña de lo ocurrido en la Escuela Nº 6 Juan Bautista Alberdi (sí, la mía) durante el fin de semana pasado.

Las imágenes y comentarios pertenecen al portal Noticias Tornquist que dirige el colega Marcelo Algañaraz:

Vestido con los colores celeste y blanco que identifican a los emblemas patrios, el SUM de la Escuela “Juan Bautista Alberdi” de Sierra de la Ventana recibió a los integrantes de la comunidad educativa de la Escuela de Enseñanza Media N° 2 de esta localidad; en un almuerzo familiar que organizó la Asociación Cooperadora escolar.

Empanadas criollas, asado, ensaladas y postre contó el menú servido a los mas de cien participantes de la reunión; donde los alumnos y personal docente oficiaron las veces de mozos y asadores. El show musical estuvo a cargo del grupo “ Punta y hacha" de Bahía Blanca que amenizó con música folclórica la reunión.




Para la Presidenta de la Asociación Cooperadora, Rosana Cardoso es una oportunidad de juntar a la familia de la escuela y lograr recaudar fondos que mucho necesita la Institución Educativa.

“Nuestro objetivo es lograr adquirir un cañón de multimedia, que hace ya dos años que nos propusimos comprar, no solo para uso del establecimiento sino de toda la comunidad”, dijo.

Por segundo año consecutivo al frente de la Cooperadora, Cardoso ve como un muy buena propuesta hacer estas reuniones, que ya es la tercera en lo que va del año.

La iniciativa permite hacerse de los fondos que luego son invertidos en mejorar la propuesta educativa y de infraestructura dela Escuela.

La fiesta se extendió hasta las 17 hs. Compartiendo la tarde con sorteos de muchos premios que comerciantes locales donaron para el acontecimiento.



Imagen superior: Rosana Cardoso y sus colaboradores (a su izquierda, Ariel Beli).


Imagen superior: el grupo Punta y Hacha.



Lo que matan son las juntas... (Enviada, desde La Plata, por Lorena Schena)

La pandilla toma mate y trama una nueva aventura. Esta foto es del año ¿2000? En la imagen, de izquierda a derecha: Emiliano Fernández, Lorena Schena, Ana Santini y Marina Martínez.

El título que da nombre a esta entrada pertenece, también, a la dueña de la foto: Lorena Schena, quien desde La Plata nos remitió la imagen para que aparezca publicada en este espacio.

10 mayo 2008

"Qué será de la vida de..." (Parte II) (Enviado, desde Carhué, por Marta Eleisegui)

Hola amigos,

Me interesaría saber si alguien sabe qué fue de la vida de Sonia Fuertes. Creo que vive en la ciudad de Mar del Plata, pero ese es el único dato que me han pasado hasta ahora.

Ojalá puedan pasarme alguna referencia. Muchas gracias!

Un saludo desde Carhué


Marta Eleisegui
(martaeleisegui@yahoo.com.ar)

24 marzo 2008

"Qué será de la vida de..." (Parte I) (Enviado, desde Puerto Rico, por Darío Lemos)

Ya pasaron 13 años desde que egresé del Fortín Pavón…
Cuánto tiempo… Casi no volví después de eso. Quizás unas 4 o 5 veces nomás.

De la mayoría de mis compañeros, amigos, hermanos, de aquellos tiempos, tengo noticias, no tan seguido como quisiera pero siempre alguien le dijo a fulano que sultano estaba haciendo esto o aquello, que se casó con este/a o que se fue a vivir a qué sé yo dónde…

Pero hay otros que parecen arrastrados por la corriente, amigos que tuvimos en algún tiempo y por el azar de la vida hemos perdido todo contacto con ellos. Por ahí va una lista de esa gente, a ver si alguien sabe algo de ellos.


Personajes ilustres de un tiempo perdido:

Eduardo (el negro): Trabajaba en “La Esquina”, cuando la esquina era mas bien un copado pub para escuchar buena música y tomar algo. El loco tenía el pelo hasta la cintura, envidia de muchos.

Casimiro: Operador de la radio de Botto. Más tarde me enteré que era bombero.

Iván Urich: Tremendo. Un amigo de esos. También operador de la FM Ventana. Un día dijo que se mudaban para Córdoba creo. Y nunca más supimos de él o su flia.


Ahora los de Saldunga:

El Titi: Personaje que de esos que no pueden faltar en ningún pueblo. Hacía de todo, desde caddy en el golf, hasta de peón de campo.

El negro Correa: Miguel Correa. No tengo muchos datos para dar de él. Tenía un hermano que si mal no recuerdo sufría de epilepsia, más de una vez nos dio un susto mientras hacíamos dedo para ir a Sierra.

El Garra Montibeller: Otro personaje. Grande el tipo… pero así de bueno. Si mal no recuerdo laburaba en una panadería en Sierra. Tenía un hermano al que apodaban “El Kinco”.

Y por ultimo… pero no menos importante

Carlos Granito: El profe de Educación Física y árbitro de los partidos de fútbol que se armaban por la mañana en el Fortín Pavón… por lo menos para el año 1993, 94 y 95 si mal no recuerdo.

Me acuerdo que la primera clase de E.F. el tipo parecía un sargento (hdp) pero se hacia, resulto un tipazo, un amigo. Me llevó de Delegado a esos juegos de voley que se hacían por ahí. Y safé de un par de horas de clase…

Era de Suárez, igual que el Cuervo Cleppe si no me equivoco...

Lectores, amigos de Roca y Madera si alguien sabe de alguno de esos personajes que dejaron su huella por nuestros lares háganlo saber. De igual manera si quieren saber de algún amigo de aquellos tiempos… escriban.


Desde Puerto Rico.

Darío A. Lemos

06 marzo 2008

Primo y ahijada (Enviada por Patricio Yoice, desde Trenque Lauquen)

El cartel ineludible. La estación de tren que conmueve a través de miles de historias de arribos y partidas. Mi primo Patricio Yoice, y su hija, Delfina, no dejaron pasar la oportunidad de posar la vista en las inmortales sierras.

13 enero 2008

Diario de viaje: verano 2008 en Sierra de la Ventana (Parte I)

A poco de haber llegado de Sierra de la Ventana –menos de una semana–, y tras haber cumplido con mis merecidas vacaciones laborales, creo que vale la pena arrojar a la luz buena parte de todo lo sucedido.

Principalmente, porque si queremos que la Comarca siga siendo un lugar atractivo para todo aquel que la visita, es claro que hay diversas cuestiones que merecen cambiar.

Para fortuna de todos (quien aquí escribe incluido) la belleza única de Sierra de la Ventana sigue imponiéndose a cualquier contratiempo. Y eso, quizás, es lo que mejor permite explicar por qué cada vez son más los que eligen a la Comarca como destino turístico.

Pero volviendo al tema, Carla (mi mujer) y yo decidimos instalarnos en Sierra entre el 2 y el 7 de enero. La expedición comenzó el mismo 2 de enero, cuando arribamos a Tornquist a las 8 de la mañana provenientes de la ciudad de Carhué (previa combinación en Pigüé).

Las complicaciones comenzaron ahí mismo: el único servicio que podía llevarnos a Sierra de la Ventana desde Tornquist (localidad ubicada a sólo 50 kilómetros de Sierra) era un servicio de combis que pasaba casi 4 horas después (11.45 de la mañana).

O sea, fuera del tradicional recorrido de ómnibus de larga distancia de La Estrella (proveniente de Bahía Blanca) la oferta de traslado a Sierra de la Ventana en verano, temporada alta, primera quincena de enero, apenas se remite a una combi que aterriza en Tornquist a las 7.30, 11.45 y 18.20 horas.

Fuera de eso, el turista tiene que moverse “a dedo” a través de toda la Comarca. Esto es, Tornquist, La Gruta, Villa Ventana, Sierra de la Ventana y Saldungaray.

Bien, 12 del mediodía llega la combi. El servicio, a diferencia de lo que nosotros estimábamos, ya estaba lleno al hacer destino en la terminal de colectivos de Tornquist. Y lo que es peor, siguió levantando pasajeros a lo largo de todo el recorrido.

Así, al momento de llegar al Campamento Base, camino a Villa Ventana, el vehículo trasladaba 20 pasajeros... cuando en realidad su capacidad era de 16 asientos.

Como es de suponer, no había espacio específico para cargar equipamiento (todo el mundo iba con sus bolsos y mochila prácticamente sobre las rodillas), y en una de las paradas contempladas (Villa Ventana) el mismo chofer tuvo que descender de la combi para “cargar” otro pasajero.

Apretados como ganado, finalmente llegamos a Sierra de la Ventana. Obviamente, la situación volvió a repetirse cuando en una escapada a Villa Ventana (un sitio mágico y salvaje, a sólo 17 kilómetros de Sierra) tuvimos que recurrir al mismo (y único) servicio de traslado. Todos apretados. Ahogados por los bolsos. Y con la seguridad de que, en caso de accidente, ninguno contaría el cuento...

El “mérito” de esta penosa prestación en un lugar que vive del turismo (algunos operadores de Sierra de la Ventana deberían recordar esto) es propiedad de Silver Transportes, la empresa que regentea las combis.

Por supuesto, el hecho de que cualquiera esté “de vacaciones” en cierto modo aliviana las molestias. Pero hay que recordar que uno está pagando por un servicio... y que el turista no es una estúpida billetera con patas que suelta dinero por el simple hecho de estar disfrutando de un momento de ocio...

Existe algo que se llama respeto. Pilar básico de las relaciones interpersonales.

Ya en Sierra de la Ventana, el hospedaje generó otras complicaciones dignas de ser relatadas. Dada la escasez de alojamiento, desde Buenos Aires reservé una habitación en el “Residencial La Perlita”. El precio, módico: $50 (diciembre). Al llamar en enero, la cosa había cambiado “$60” dijo la dueña del lugar (“Perlita”).

Al preguntar el por qué del aumento, Perlita alegó que se debía a “que las habitaciones ahora cuentan con ventilador de techo”. Una vez en el lugar, Carla y yo comprobamos que las cosas eran muy distintas a lo acordado por teléfono desde Buenos Aires.

La habitación no tenía ventilador de techo, sino un pequeño aparato (similar al que tienen instalados algunos viejos camiones) atornillado a la pared. Además de carecer de placard, bidet y televisión, el cuarto se inundaba casi por completo cuando uno optaba por bañarse. Por el lado de Perlita, la atención al huésped distaba mucho de ser la mejor.

“Agua caliente sólo te puedo dar a la mañana” (chau mate el resto del día) “Ojo que la habitación sólo se la alquilé a ustedes dos” (jamás había pensado en instalar un casino en ese cuarto) “No dejen las ventanas abiertas que se golpean” (esto, con 40 grados de temperatura incendiando el planeta), fueron algunas de sus citas más memorables.

Pero, sin lugar a dudas, el detalle que se roba las palmas al momento de recordar el “Residencial La Perlita” tiene que ver, nuevamente, con el falso ventilador de techo. La cuestión es así: el ventilador estaba instalado de un modo que mantenía un vínculo directo con la iluminación de la habitación. En otras palabras, si uno encendía la luz del cuarto, el ventilador del cuarto dejaba automáticamente de funcionar. El lugar quedaba a merced del calor.

De modo que para gozar de la potencia de tan fiel turbohélice el turista no tenía más remedio que moverse a oscuras por la habitación. Créanme, la política de ahorro energético planteada por “Perlita” debería ser imitada en algún momento por la presidenta Cristina Kirchner...

Como es de suponer, a los 15 minutos de estar instalado en el “Residencial La Perlita” ya quería irme. El problema era que había efectuado una reserva... por cual tras una encendida negociación logré que “Perlita” nos liberara de su compañía al día siguiente de nuestra llegada.

El 4 de enero, Carla y yo –párrafo aparte merece la actitud de mi mujer, que ostentó la mejor onda aun en las situaciones más complejas– nos mudábamos al hotel Maiten, propiedad de la familia Albanese, y en el que el trato cordial y las amplias comodidades del lugar nos permitieron –ahora sí– concentrarnos en nuestras vacaciones.

La excelente atención brindada en el Maiten (vale la pena reiterarlo), en donde en un principio acordamos todo de palabra –da gusto ver que hay códigos que no se pierden–, nos permitió olvidar con celeridad todo lo malo vivido al arribar a Sierra de la Ventana.

Por supuesto, hay mucho más para contar... pero será en la próxima entrada, amigos. Como corolario a todo lo dicho, debo decir que todavía son demasiados los puntos a mejorar para que Sierra de la Ventana sea, de una vez, un destino turístico adulto.

Como oriundo (por adopción) de la Comarca, créanme que duele comprobar que hay cuestiones inherentes a la actividad turística (de la que vive la zona, insisto) que continúan siendo manejadas con la torpeza y la impericia de épocas en las que Sierra no resultaba un lugar sumamente atractivo para tanta gente.

Este 17 de enero Sierra de la Ventana cumple sus primeros 100 años. En honor a la belleza de un sitio único, algunos deberían aprovechar la fecha para empezar a cultivar las bondades de esa preciada condición llamada respeto al otro...

30 diciembre 2007

Irene y Asee... (Parte II)


Agradezco profundamente a Vanesa Guerra Malmsten, directora de la revista Con-versiones, por dejarme reproducir el texto que sigue a continuación. La entrevista y la selección de textos de “A caballo por la vida” es obra de Nora Martínez, quien además editó el libro de Irene.


Juan Neddermann.
Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia,
Y tu fidelidad alcanza hasta las nubes.

Era domingo de primavera en Buenos Aires. Las flores de los jacarandaes en el suelo formaban una alfombra lila y las que aún no habían caído de la copa de los árboles, competían con el azul del cielo.

Argentina, obligada por Estados Unidos a tomar parte en la Segunda Guerra Mundial, jugó del lado de los vencedores, olvidando la gran admiración que siempre había tenido por la disciplina y el orden de los alemanes.

El Club Alemán de Tenis daba su última fiesta antes de disolverse ya que ninguna propiedad de grandes magnitudes como colegios, clubes o estancias, podían quedar en manos de alemanes.

En ésa época todo acontecimiento social recibía el apodo de "último": la última fiesta, el último asado, el último baile... Hermann Brunswig, enterado del acontecimiento en el Club, insistió para que Irene concurriera, pero ella no conocía a nadie en ese lugar y se negaba dando excusas. Su padre no se dio por vencido e insistió varias veces, recomendándole que al llegar preguntara por el presidente del club, que le explicara que no tenía conocidos allí y le pidiera que a medida que fueran llegando los socios se los fuera presentando.

Esa mañana fue el sol el que terminó por convencer a Irene para asistir al club, pero no iba con intenciones de seguir los consejos de su padre porque para eso era muy tímida. Sin embargo cuando llegó, se encontró con un ambiente tan agradable que haciendo de tripas corazón, preguntó por el presidente. Le señalaron al hombre que estaba haciendo el asado, una persona de baja estatura, simpática, que le inspiró mucha confianza. Hacía allí se encaminó Irene y repitió las palabras de su padre, entonces le presentaron a todos los socios.

El asado desembocó en una fiesta muy divertida y se cantaron canciones tradicionales alemanas que Irene conocía muy bien y pudo entonar acompañada de su acordeón. Todo era fantástico, los caballeros se acercaban a ella con cordialidad, en particular un señor muy atractivo que se ofreció para acompañarla al bar del club. Irene aceptó su compañía y cuando comenzaban a intercambiar palabras y sonrisas, apareció una señora enojada que enérgicamente le dijo al caballero: "Rodolfo, ahora mismo vos y yo nos vamos a casa". Rodolfo se levantó y al pasar al lado de Irene le dijo en voz muy baja: "Como usted podrá ver, así es cuando uno está casado". Después de diez minutos Rodolfo reapareció sin su esposa, pero no era de los hombres casados de quién Irene esperaba cortesías.

Cuando se oyeron los primeros acordes de música y comenzó el baile, otro personaje se acercó para invitarla a bailar. Era buen bailarín pero parecía un bicho raro. Después de bailar algunas piezas, se ofreció para llevarla después del baile hasta su casa y como Irene no había pensado en el regreso aceptó; ella no sabía que más tarde estos planes cambiarían y su vida también.

Fue poco rato después, cuando Irene se acercó nuevamente al bar y su mirada se clavó en unos ojos celestes que también la observaban. El dueño de esos ojos, Juan Neddermann, le hizo señas para invitarla a bailar y desde los primeros pasos de baile pudieron llevar muy bien el compás y surgieron agradables temas de conversación. Charlaron sobre Puttkamer, un viejo conocido de los dos que vivía en una estancia a orillas del Río Aluminé e invertía sus pocos ingresos en botellas de whisky. Coincidieron en que cuando Puttkamer hablaba, apenas se le entendía porque tenía el paladar hendido y a raíz de esto Juan le contó a Irene una anécdota que involucraba a otro amigo suyo que también tenía el paladar hendido. Sucedió un día que se encontraron los tres y Juan los presentó, Puttkamer tartamudeaba al decir su nombre y el otro amigo de Juan contestaba de la misma manera. Los dos creyeron que el otro le tomaba el pelo y casi llegaron a trompearse pero Juan pudo aclarar la situación y evitar la pelea.

Bailando y envueltos en estas conversaciones, Juan e Irene pasaron juntos el resto de la fiesta y ella se sintió tranquila a su lado. Por fin encontraba un soltero agradable y cordial.
Al finalizar la velada, él le ofreció llevarla a su casa en auto y ella aceptó rápidamente pero al instante recordó que ya había aceptado un ofrecimiento anterior. Afortunadamente el otro festejante no volvió a aparecer y años después Irene se enteró que ése hombre era casado y que Juan le había pedido que le dejara el campo libre.

A Hermann le preocupó que su hija Irene, que nunca llegaba a casa después de las ocho de la tarde, llegara de madrugada y acompañada por un joven y como las salidas con Juan eran cada vez más frecuentes, acudió a un amigo suyo, Kurt von Simson, para conversar sobre el tema y preguntarle si era bueno dejar que el asunto siguiera adelante. La respuesta de su amigo lo tranquilizó, además su hija era una mujer de veintiocho años a la que ya no se le podían imponer reglas, ni hacer cambiar sus opiniones.

Juan e Irene se comprometieron catorce días después de conocerse y se casaron el 1 de marzo de 1947. Él era el hombre que Irene siempre había soñado. Transmitía mucha seguridad; era varonil, simpático, modesto y equilibrado. Sin embargo cuando detectaba una injusticia, golpeaba la mesa con el puño cerrado, actuaba sin temor, daba su opinión cara a cara y ponía límites. Juan era correcto, generoso y siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás.

En su actividad comercial tuvo mucho éxito porque tenía capacidad para el trabajo y era muy honrado.

Cuando estaban planeando la boda, el papá de la novia opinó que no era oportuno casarse en ese momento porque él no tenía dinero para un ajuar, ni para la fiesta, ni para las flores en la iglesia, pero Juan Neddermann no necesitaba del dinero de su suegro. Una tarde llevó a Irene a la tienda Harrod's de la calle Florida de Buenos Aires y le compró un vestido corto blanco con apliques de broderie.

Compró los muebles y una alfombra; alquiló casa y organizó todo lo necesario para celebrar un casamiento. Juan Neddermann sorprendió a su novia con una fiesta de compromiso en casa de sus amigos, los Himmelreich, a la cual asistieron todos sus allegados para conocer a la prometida. Esa noche Irene se había puesto un vestido rojo y se sentía en el mejor de los cielos.

La mayor parte de los gastos los afrontó el novio con un préstamo de su amigo Levin así que la boda fue sencilla pero inolvidable. No había flores en la Iglesia, dos arbustos deshojados adornaban el altar y evitaron todo lo suntuoso porque costaba un dinero que ellos no tenían.


Para acceder a la primera parte de este relato de vida ingrese aquí: Irene y Asee... (Parte I)

16 diciembre 2007

Irene y Asee... (Parte I)


Hace ya unos meses, en una de mis acostumbradas excursiones por Internet, di con una revista que había publicado un reportaje y una reseña del libro “A caballo por la vida”, escrito por Irene Brunswig de Neddermann.

Qué decir, superada la emoción inicial al descubrir el relato de vida de quien, junto a su hermana gemela Asee, compone una de las personalidades más simbólicas de Sierra de la Ventana, puse en marcha todos los mecanismos a mi alcance para obtener el permiso que me permitiese colocar este contenido en el blog.

Para mi suerte, recibí la autorización y por ello mismo quisiera agradecer profundamente a Vanesa Guerra Malmsten, directora de la revista Con-versiones, por dejarme reproducir el texto que sigue a continuación. La entrevista y la selección de textos de “A caballo por la vida” es obra de Nora Martínez, quien además editó el libro de Irene.

“‘Allá en la patagonia’ es un libro que cuenta la historia de la familia Brunswig. Familia que huyó de la guerra para radicarse en Argentina. El libro recopila la correspondencia que la Sra. Brunswig le enviaba a su madre (abuela de Irene) desde las lejanas tierras. La Sra. Brunswig llegó a la patagonia con sus tres hijas, la mayor, María, quien hizo la selección de las cartas volcadas en el libro y las gemelas Asse e Irene.”

”Irene es el ángel con quien tuve la posibilidad de conectarme. Irene es pura luz, cuando uno la escucha, le surgen esas impostergables ganas de invitarse a su casa y dejarse llevar por el susurro de su dulce voz entonando el viento. Sus ojos claros, expresivos, nos hacen suponerla en la plenitud de la vida y seguramente no estamos errados.”

“Un encuentro casual e infinito la alojó en mi corazón. Irene es magia y paz. Vivió confundida durante mucho tiempo pero nunca se venció. Su fortaleza hizo que hoy pueda seguir tocando su acordeón y cantándole a la vida. La humildad y sencillez la acompañan y eso es lo que tal vez le permitió reponerse en los momentos más difíciles. Ella buscó todo el tiempo y sigue buscando porque un futuro la espera y porque aún queda mucho por hacer.”

Nora Martínez.

Mirando hacia atrás

Los ochenta y tres años de una vida plena van quedando atrás y lo que vendrá está escrito en las estrellas, pero sé que el encanto y el valor de la vejez radican en mirar hacia atrás y poder decir que ha sido un regalo del Dios del cielo, haber crecido y haber vivido feliz.

En mis días jóvenes tenía el presentimiento de que la vida podía ser muy dura cuando no se contaba con una personalidad firme y esa fue mi lucha, alcanzar un temperamento fuerte que me ayudara a progresar tanto como nunca hubiese imaginado, y tratar de fortalecerme cada día, me amparó del falso orgullo, de la arrogancia y de la vanidad, haciéndome ver que las personas muy a menudo somos poca cosa y que si creemos estar en la más alta cima, podemos terminar desbarrancándonos en un abismo.

Alemania, La Patagonia, Mendoza, Buenos Aires y ahora Sierra de la Ventana son los lugares donde he residido, pero también he conocido otros sitios donde he podido vivir las más lindas experiencias.

Mis padres, mi hermana mayor, mi inolvidable gemela, mis hermanos, mi marido, mis hijos y un amplio círculo familiar, sumado a innumerables amigos y a mis fieles caballos, me han dado tantos momentos de felicidad que pude finalmente superar mis angustias.

En estos días me siento muy alegre y puedo afirmar que mi vida sigue siendo plena y llena de aventuras, aunque ya no sea una niña y no viva en la Patagonia.

Irene Brunswig de Neddermann

Diciembre de 2000


26 noviembre 2007

Filmación de "El Frasco"... (Imágenes enviadas por Leonardo Beli y Carolina Scarfi)


Hace muy pocos días, Darío Grandinetti visitó Sierra de la Ventana con motivo de la filmación de la película "El Frasco", de Alberto Lecchi.

Nótese como el cartel de la estación de trenes de Sierra aparece cubierto con la inscripción "Saldungaray" por cuestiones claramente cinematográficas.


Aquí, Grandinetti en el hotel Belvedere... Y luego pasando frente a la carnicería de la familia Martínez, sobre la avenida Roca.

Grandinetti no estuvo solo en la Comarca. Muy por el contrario, fue secundado por Leticia Brédice y Martín Piroyansky.

Estas imágenes son gentileza del gran Leonardo "Lelo" Beli, quien las acercó a este espacio previa cortesía de Carolina Scarfi.

17 noviembre 2007

El Ercoupe... (Enviado por Marina Martínez)


Dicen que pasaron varios años... ¿Cuántos? Demasiados. Y no tantos. El avión fue tomando forma y color al abrigo de un galpón ávido de hélices en marcha y pilotos curiosos del cielo serrano. Silencioso, el Ercoupe dormitaba cual cimarrón sin jinete. Y abrazaba un sueño ajeno bajo el techo del Aero Club Saldungaray.

Ese sueño era de muchos. Tantos como toda una familia. Piloteada por Beto. Comandada por Marta. Y el anhelo era que ese Ercoupe se perdiera entre las nubes de una vez, como bien lo cuenta Marina, con un dejo de emoción que puedo dibujar a la distancia: “Yo lo acompañaba pero todos lo hacíamos, y pensábamos por dentro ‘¿podrá volar algún día?’”.

Y un día, quitándose esa espera de años como si fuera una ropa que ya le quedaba chica, un abrojo molesto en un pulóver nuevo, Beto dijo “estamos listos”. Alguien asintió con la cabeza y disimulo el nudo orgulloso en la garganta. Los Martínez estaban listos.

“Vamos a ‘Saldunga’, hay que probarlo...”.

Fueron todos. Beto y Marta carretearon el sueño de toda una familia. Mientras los ojos de un pueblo testigo de ilusiones en el aire apenas podía adivinar los nervios de Marina. Pero ahí va el Ercoupe de los Martínez. Con ganas de estirar las alas luego de un letargo prolongado...

“Cada fin de semana, cuando el bolsillo lo permite, compramos unos litros del ansiado combustible. Y salimos por el aire”, comenta Marina, con la tranquilidad que dan los deseos cumplidos. Y luego, casi como distraída, me dicta estas preciosas líneas... me hace parte de ese primer vuelo...


11 noviembre 2007

Don Gil Quinto Malaspina...

En una de mis acostumbradas travesías por la web, y mientras me ponía a tono con las últimas novedades periodísticas del pueblo, me topé con un artículo de La Nueva Provincia muy interesante sobre Sierra de la Ventana.

La nota, bastante escueta para variar, daba cuenta de la nueva señalización de la avenida Julio Argentino Roca, que acaba de ser rebautizada con el nombre de Gil Quinto Malaspina.

Más allá de la alegría por suprimir toda referencia a Roca, genocida comprobado, (todavía me parece increíble que existan calles con su nombre y se lo siga señalando como un héroe por haber masacrado a miles de indígenas) me parecieron dignos del aplauso los argumentos por los cuales la mencionada avenida pasó a tener otro nombre.

“La imposición del nombre de Gil Quinto Malaspina a la avenida responde -según la ordenanza aprobada por el Concejo Deliberante de Tornquist- ‘a la necesidad de otorgar un merecido reconocimiento a aquellas personas que supieron valorar y comprometerse con nuestra región’”, publica el matutino.

“El señor Gil Quinto Malaspina fue uno de los primeros colonos en la localidad de Sierra de la Ventana, y uno de los primeros empresarios más importantes del lugar, debido a que construyó el Hotel Velvedere, e instaló una despensa de ramos generales con el único servidor de nafta y la primera panadería con horno”, agrega.

Por otro lado, y según La Nueva Provincia, Gil Quinto Malaspina cedió a la comuna las tierras en las que “se construyó la sala de primeros auxilios, y en su momento efectuó una gran donación de materiales para la escuela primaria”.

Este reconocimiento a uno de los primeros pobladores de Sierra de la Ventana, a mi criterio, debería ser un ejemplo continuado. Principalmente, por lo significativo de los aportes que han hecho a la historia viva del pueblo. Aportes que, sin dudas, forman parte del camino personal de cada uno de los que somos hijos –por nacimiento o adopción– de la localidad.

Prueba de ello fue recordar que la primera vez que fui a Sierra de la Ventana, de vacaciones y antes de que mi familia decidiera radicarse allí, nuestra vivienda ocasional fue una cabaña llamada Malaspina...

Rememorar que luego, a los 10 años y en compañía de mi gran amigo de la infancia, Emiliano Fernández, tomábamos clases de inglés en el Belvedere (que para mí se escribe con “B” y no como publica el diario bahiense). El mismo lugar que luego dio lugar a uno y mil boliches bailables.

Y que mi hermana menor, María Sol, nació en esa sala de primeros auxilios que se levantó sobre las tierras cedidas por Malaspina. Sala en la que trabajó mi mamá, enfermera de pura cepa. A la vuelta de la escuela primaria en la que pasé la mejor infancia posible.

Estoy seguro que Gil Quinto Malaspina nunca imaginó lo que le deparaba el tiempo...


Las imágenes publicadas en esta entrada son obra de mi mujer,
Carla Serafini.

22 octubre 2007

Verano en Saldunga... (Imagen enviada por Ana Salvadori, de Bahía Blanca)

Año 2003. A continuación, las palabras de Ana Salvadori, quien envío la foto para que sea publicada específicamente en este espacio:

"Acá va una foto de nosotras. Es del 2003, así que ya tenemos más canas, menos vacaciones, muchas menos salidas de sábados, más responsabilidades y complicaciones... pero la misma amistad".

"Abajo desde la izquierda: Mara, Julio Aspiro, y la Cachi. Arriba, Laurita y yo. Noche de verano fresquita en Saldungaray, cuando el parador del Vaca se atiborraba de gente...".


15 septiembre 2007

Lo de Crocioni (Por Patricio Eleisegui)


Mil veces pensé en dedicarle unas palabras. Quizás, porque lo que me dijo un amigo hace un buen tiempo ahora cobró real significado. Y también porque, debo decirlo, no pude evitar llevarme una imagen de esa esquina la última vez que visité Sierra de la Ventana; hace poco más de dos meses.

Lo cierto es que ahí estaba: “lo de Crocioni”. En la esquina de San Martín y Galileo Galilei. Como en tantos años. “Eso de ir a comprar a lo de Crocioni... tarda mil años en atenderte. Hasta que te corta el fiambre... te pesa el pan...”, me quejé en 101 oportunidades.

Mi amigo Gastón estaba en la vereda de enfrente: “a mí me parece muy bueno... anota los numeritos. No usa calculadora. Envuelve todo doblando con cuidado el papelito... ‘qué necesitás’. Sin necesidad de correr... todo con cuidado...”.

La despensa de Crocioni olía a galleta de campo y madera. Siempre con la canasta habitada por algún que otro felipe y una especie de alacena a sus espaldas en la que apilaba latas que nunca compré. “Decíle que se lo pago mañana”, me comprometía mi viejo.

Y Crocioni accedía... “¿Tu papá?”, preguntaba a veces. “Está de viaje”, creía gambetearlo. Crocioni la dejaba pasar y cortaba con habilidad de relojero 150 de queso y 150 de salame.

Recuerdo la vereda de cemento con monedas incrustadas... me veo de chico tratando, ingenuamente, de sacar alguna de ese piso inexpugnable...

Un día, Crocioni se sumó al deporte del momento y construyó una cancha de paddle. Justo frente a la esquina de la despensa. Eran épocas de paletazos contra la pared y discusiones con Bobby Del Pino por pelotas que para él siempre eran malas...

Más allá del furor, lo cierto es que Crocioni no apostó todas sus fichas a redes y paredones, sino que siguió, estoico, al frente de su negocio. Y no había domingo de verano que no se lo viera en su reposera peleando por un poco de aire fresco.

En el negocio, todo seguía igual. Incluso esa calcomanía que exhibía la figura de un cerdo que, con delantal de carnicero y entre lágrimas, pesaba chacinados a la sombra de un cartel que decía, precisamente, “Hoy, chorizos”.

Lo cierto es que muchas de esas cosas me hablaron al oído cuando, hace un par de meses, pasé frente a la despensa de Crocioni. Que, casi en sintonía con lo que sucede hoy en Sierra, había cambiado.

Sí: el lugar se había modernizado. Y ya no tenía la tradicional entrada en plena esquina. No señor, ahora a lo de Crocioni se ingresa por la puerta que da a la avenida San Martín. La despensa incorporó carteles de publicidad, sillas en la vereda y hasta un toldo.

¡Mirá lo de Crocioni!, exclamé, con sorpresa. Y reí un poco también... por lo bueno de las cosas que, aunque cambian de peinado, siguen estando en su lugar. El local estaba cerrado... eran poco más de las 2 de la tarde. Sin dudas, había cosas que aún eran iguales.

Al pasar frente a la despensa, recordé las palabras de Gastón. “A mí me gusta que el almacenero corte el papelito... anote los números uno abajo del otro con la lapicera Bic azul... sume de memoria y dos veces para no equivocarse”. Me di cuenta que yo siempre había compartido esa visión... sólo que no me di cuenta hasta un buen tiempo después.

Lamentablemente, mi última visita a Sierra de la Ventana fue tan corta que no pude ver a Crocioni. Ni siquiera de lejos y en su reposera. Obviamente, dudo que él me recuerde (creo que siempre confundió mi nombre con el de mis hermanos).

Pero tengo pensado hacerme una escapada al pueblo en breve. Un día cualquiera. Cruzar la puerta. Buscar con la vista las balanzas anaranjadas. Estrecharle la mano...

Y después pedirle, como hace tanto tiempo, “Crocioni, véndame el pan más blanco”. Y 150 de queso. Y 150 de salame...


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