Irene y Asee... (Parte II)
Agradezco profundamente a Vanesa Guerra Malmsten, directora de la revista Con-versiones, por dejarme reproducir el texto que sigue a continuación. La entrevista y la selección de textos de “A caballo por la vida” es obra de Nora Martínez, quien además editó el libro de Irene.
Juan Neddermann.
Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia,
Y tu fidelidad alcanza hasta las nubes.
Era domingo de primavera en Buenos Aires. Las flores de los jacarandaes en el suelo formaban una alfombra lila y las que aún no habían caído de la copa de los árboles, competían con el azul del cielo.
Argentina, obligada por Estados Unidos a tomar parte en la Segunda Guerra Mundial, jugó del lado de los vencedores, olvidando la gran admiración que siempre había tenido por la disciplina y el orden de los alemanes.
El Club Alemán de Tenis daba su última fiesta antes de disolverse ya que ninguna propiedad de grandes magnitudes como colegios, clubes o estancias, podían quedar en manos de alemanes.
En ésa época todo acontecimiento social recibía el apodo de "último": la última fiesta, el último asado, el último baile... Hermann Brunswig, enterado del acontecimiento en el Club, insistió para que Irene concurriera, pero ella no conocía a nadie en ese lugar y se negaba dando excusas. Su padre no se dio por vencido e insistió varias veces, recomendándole que al llegar preguntara por el presidente del club, que le explicara que no tenía conocidos allí y le pidiera que a medida que fueran llegando los socios se los fuera presentando.

El asado desembocó en una fiesta muy divertida y se cantaron canciones tradicionales alemanas que Irene conocía muy bien y pudo entonar acompañada de su acordeón. Todo era fantástico, los caballeros se acercaban a ella con cordialidad, en particular un señor muy atractivo que se ofreció para acompañarla al bar del club. Irene aceptó su compañía y cuando comenzaban a intercambiar palabras y sonrisas, apareció una señora enojada que enérgicamente le dijo al caballero: "Rodolfo, ahora mismo vos y yo nos vamos a casa". Rodolfo se levantó y al pasar al lado de Irene le dijo en voz muy baja: "Como usted podrá ver, así es cuando uno está casado". Después de diez minutos Rodolfo reapareció sin su esposa, pero no era de los hombres casados de quién Irene esperaba cortesías.
Cuando se oyeron los primeros acordes de música y comenzó el baile, otro personaje se acercó para invitarla a bailar. Era buen bailarín pero parecía un bicho raro. Después de bailar algunas piezas, se ofreció para llevarla después del baile hasta su casa y como Irene no había pensado en el regreso aceptó; ella no sabía que más tarde estos planes cambiarían y su vida también.
Fue poco rato después, cuando Irene se acercó nuevamente al bar y su mirada se clavó en unos ojos celestes que también la observaban. El dueño de esos ojos, Juan Neddermann, le hizo señas para invitarla a bailar y desde los primeros pasos de baile pudieron llevar muy bien el compás y surgieron agradables temas de conversación. Charlaron sobre Puttkamer, un viejo conocido de los dos que vivía en una estancia a orillas del Río Aluminé e invertía sus pocos ingresos en botellas de whisky. Coincidieron en que cuando Puttkamer hablaba, apenas se le entendía porque tenía el paladar hendido y a raíz de esto Juan le contó a Irene una anécdota que involucraba a otro amigo suyo que también tenía el paladar hendido. Sucedió un día que se encontraron los tres y Juan los presentó, Puttkamer tartamudeaba al decir su nombre y el otro amigo de Juan contestaba de la misma manera. Los dos creyeron que el otro le tomaba el pelo y casi llegaron a trompearse pero Juan pudo aclarar la situación y evitar la pelea.

Juan e Irene se comprometieron catorce días después de conocerse y se casaron el 1 de marzo de 1947. Él era el hombre que Irene siempre había soñado. Transmitía mucha seguridad; era varonil, simpático, modesto y equilibrado. Sin embargo cuando detectaba una injusticia, golpeaba la mesa con el puño cerrado, actuaba sin temor, daba su opinión cara a cara y ponía límites. Juan era correcto, generoso y siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás.
En su actividad comercial tuvo mucho éxito porque tenía capacidad para el trabajo y era muy honrado.
Cuando estaban planeando la boda, el papá de la novia opinó que no era oportuno casarse en ese momento porque él no tenía dinero para un ajuar, ni para la fiesta, ni para las flores en la iglesia, pero Juan Neddermann no necesitaba del dinero de su suegro. Una tarde llevó a Irene a la tienda Harrod's de la calle Florida de Buenos Aires y le compró un vestido corto blanco con apliques de broderie.
Compró los muebles y una alfombra; alquiló casa y organizó todo lo necesario para celebrar un casamiento. Juan Neddermann sorprendió a su novia con una fiesta de compromiso en casa de sus amigos, los Himmelreich, a la cual asistieron todos sus allegados para conocer a la prometida. Esa noche Irene se había puesto un vestido rojo y se sentía en el mejor de los cielos.
Para acceder a la primera parte de este relato de vida ingrese aquí: Irene y Asee... (Parte I)